Todo lo que aprendí de mi madre...

(Carlos González, Pediatra)

No era mi madre una de esas abuelas pesadas, que siempre están criticando a los padres por la manera en que crían, educan o alimentan a sus hijos, o bien dando consejos no solicitados y amenazando con todo tipo de calamidades a quienes no los sigan.

Sólo una vez nos dio un consejo sobre la educación de los hijos, y lo hizo con tanta delicadeza que tardé más de quince años en comprender que había recibido un consejo, y al mismo tiempo con tanta eficacia que sin darme cuenta lo había estado siguiendo.

Debió de ser uno o dos días después del nacimiento de nuestro primer hijo, cuando vino a visitarnos al hospital. Explicó, como si fuera una anécdota intrascendente, que en el largo pasillo de acceso al hospital, revestido de anticuadas baldosas blancas, había visto a una niña de unos seis o siete años, que corría arrastrando los dedos por la pared, aquello que suelen hacer los niños, feliz de notar el ta-ta-ta-ta-ta de sus uñas al topar con las junturas entre las baldosas. Entonces añadió, con moderada indignación:

- Y su madre se ha puesto hecha una furia, gritándole que se estuviera quieta de una vez, y qué sé yo qué cosas. Como si fuera a romper la pared. ¿Por qué la gente se pone así con los niños? ¿Es que cree que a los quince años va a seguir haciendo lo mismo? ¿Que si no la castiga va a correr por los pasillos toda la vida, tocando las baldosas?

Olvídense de las chaquetitas de lana y las cucharitas de plata. Aquel consejo, oculto tras una anécdota inocente, fue el mejor regalo que recibió nuestro hijo: sus padres fueron sutilmente vacunados contra la tan extendida costumbre de enfadarse por tonterías. Por pisar charcos, por chuparse el dedo, por andar descalzo por la casa, por hurgarse la nariz, por gritar, por correr y saltar, por ser niño. La infancia es un estado pasajero; los niños crecen, tanto si les gritas como si no. Pero pueden crecer felices o agobiados, confiados o temerosos, y eso dependerá en gran medida de nuestra capacidad para aceptar que los niños, niños son.
Ya no puedo agradecerle a mi madre su consejo. Bueno, sólo de una manera: intentando no ser, cuando me llegue el día, uno de esos abuelos pesados, siempre dando consejos no solicitados. Será duro, lo sé. Tendré que esforzarme.