el parto en cuclillas

El agacharse para la expulsión del feto es tan universal como el agacharse para la expulsión fecal, fenómenos ambos que se asemejan en múltiples aspectos.
La Naturaleza del Parto
Si no hubiera médicos, ¿Qué pasaría con los partos? ¿No nacerían niños?
¿Habría mucha complicación materno-fetal? Menos de lo que se cree. Dejados
"a la buena de Dios", más del 90% de los partos se producirían
normal y espontáneamente, sin necesidad de auxilio alguno. En todos los
tiempos, desde el comienzo del mundo nacieron criaturas.En rigor, menos
del 10% necesitan ayuda de una partera bien orientada, y de éstos, menos
de la mitad precisarían la colaboración de un médico competente.
Así fue en todas las épocas, y aún hoy, en los pueblos primitivos, donde
la civilización todavía no llegó a perturbar los fenómenos naturales.
En general las mujeres sanas, con pequeñas variaciones, si no se las condiciona
con enseñanzas artificiales, adoptan espontáneamente, para tener a sus
hijos, la posición de cuclillas que, para ellas es más lógica y , bajo
el punto de vista médico, acertada y fisiológica.
En la historia de la obstetricia aprendimos que, con la evolución social,
la diferenciación de los pueblos, por la riqueza, la industria, la vida
más fácil y más cómoda, la mujer, por falta de ejercitación se debilitó
y comenzó a tener dificultades para mantener la postura primitiva de parto.
La culpa la tuvieron los bancos y las sillas, los almohadones, las camas
altas para dormir, el inodoro elevado para defecar, las literas, los carruajes,
los mil vehículos de tracción animal y, en la actualidad los automóviles,
que arruinaron la capacidad de la mujer de soportar un parto agachada.
Fue en Egipto en donde aparecieron las primeras referencias de los sillones
obstétricos.
Las obesas y aristocráticas habitantes del Nilo, presas en harenes, apenas
se trasladaban en literas cargadas por diligentes y sumisos esclavos,
era imposible mantenerlas en la posición de rodillas que usaban las pobres
felains de las márgenes del Nilo.
A la rica civilización francesa se le debe el establecimiento de la obstetricia
moderna: la mujer acostada en cama elevada. Cualquier otra posición era
inaccesible para las superalimentadas, supervestidas, supercuidadas, sedentarias
y poco móviles damas de la corte real.
Es Mauriceau, obstetra cirujano francés. (1637-1709), el elegante médico
de la elegante nobleza parisina que, invitado a atenderlas, no ve mejor
solución que permitirles seguir acostadas, en lugar de sentarse en bancos,
arrodillarse o acuclillarse, como lo hacía la plebe ignorante y despreciada.
Y el parto en decúbito dorsal se pone de moda, proporciona status y, de
Francia, amparado por los argumentos de Mauriceau, conquista las cortes
europeas y luego se expande por el mundo civilizado, en el que se viene
sufriendo una sofisticación tal que transformó la obstetricia en la mayor
fuente imaginable de Iatrogenia (enfermedades cusadas por los médicos).Iatrogenia
que alcanza a los propios médicos, víctimas también de la "complejización"
del parto humano que, con sus mejores intenciones, ellos mismos vienen
creando.Así se nos ocurrió aconsejar a las mujeres civilizadas, imitar
a las indias brasileñas, una tentativa de mejorar sus condiciones orgánicas.
Iatrogenia del parto de cúbito
dorsal
Los primates, en caso de no haber sufrido influencias que modificaran
sus condiciones naturales, al sentir las contracciones expulsivas del
parto, adoptan instintivamente la postura de cuclillas. Esta es, para
ellos la manera más lógica, fácil y menos peligrosa de auxiliar la salida
de sus hijos. Así fue en todas las épocas y en todos los grupos humanos
primitivos y aún lo es entre los pueblos libres de las influencias de
la civilización progresista. El agacharse para la expulsión del feto es
tan universal como el agacharse para la expulsión fecal, fenómenos ambos
que se asemejan en múltiples aspectos. En los últimos años, la curiosidad
ha llevado a científicos y reporteros a recorrer el mundo investigando
los hábitos o costumbres entre los pueblos más antiguos. A este respecto,
el trabajo de Witkoski es uno de los más completos y, por eso, sus ilustraciones
han sido copiadas o difundidas. Son las impresionantes figuras que podemos
ver en los libros médicos que tratan el asunto. Mas, a pesar de ser muy
ilustrativas, sus figuras han sido mal interpretadas ya que se las utiliza
para demostrar las formas bárbaras y atemorizantes por las cuales los
pueblos primitivos acostumbraban a tener sus hijos, siendo, en realidad,
usadas de forma excepcional en los casos distócicos cuando alguna causa
especial, materna o fetal, impedía el progreso del parto. De lo contrario,
en la mayoría absoluta de los casos, las mujeres adoptaban dos posiciones
especiales: arrodilladas o en cuclillas. Así, sucede hasta hoy en los
pueblos primitivos. La mayor parte de las indígenas de Brasil y de América
del Sur tienen a sus hijos de cuclillas. Sólo en algunas tribus las mujeres
se arrodillan.
El primer artefacto auxiliar para el parto fue un asiento bajo que funcionaba
como apoyo para las nalgas. Después del banco, o pedazo de madera o piedra,
surgieron los más cómodos sillones obstétricos empleado, entre otras,
por la nobleza del antiguo Egipto mientras que el pueblo continuaba pariendo
en la plebeya posición de rodillas, adoptada también por los esclavos
hebreos. Es interesante saber que el jeroglífico que corresponde al parto
es la representación de una mujer arrodillada dando nacimiento al polo
cefálico de una criatura:
La necesidad de la silla entre la nobleza egipcia fue consecuencia de
su modo de vida. Mientras que las pobres mujeres del pueblo estaban destinadas
a largas caminatas trabajando y transportando pesadas cargas, las gordas
y bien alimentadas aristócratas llevaban una vida sedentaria, confinadas
a ambientes limitados dentro de sus palacios y harenes. El exceso de peso
y la falta de ejercicios les impedía mantenerse de rodillas, por lo que
se les ofrecía la opción más cómoda del sillón obstétrico.
En otros pueblos, a medida que iban aumentando el ingenio y el arte en
la creación de condiciones de vida más cómodas, iba disminuyendo la necesidad
de esfuerzo físico y paralelamente, decaía la fuerza orgánica, con el
consiguiente debilitamiento general y progresivo. Esto hizo que surgieran
los artefactos y sillones obstétricos destinados a sostener a las debilitadas
mujeres, unos muy simples, otras llenas de recursos.
La máxima exageración tuvo lugar entre la nobleza francesa. Las muy vestidas
y encorsetadas mujeres de la corte, luciendo complicados y exuberantes
trajes, tenían dificultad hasta para sentarse. Como la locomoción era
restringida, eran transportadas en carruajes y literas. Sus asistentes,
igualmente profesionales elegantes, con casacas y camisas bordadas, llenas
de volados, cuellos y puños, al sentir tantas dificultades para realizar
el parto, aún en los sillones bajos de aquella época, descubrieron en
la posición acostada, la manera más cómoda para tener hijos. Para la debilitada
mujer que no podía mantenerse en otra posición, la sugerencia de adoptar
la posición acostada constituyó, también, una bienvenida solución.
De todo esto surgió la gran polémica que tuvo como líder al respetado
Mauriceau, defensor de la postura decúbito dorsal. Cuyas ventajas encaraba
con entusiasmo. Fue atacado con las siguientes preguntas:
-¿Por qué las mujeres para evacuar se ponen de cuclillas? De acuerdo con
su teoría ¿Deberían acostarse?.
A lo que Mauriceau respondió:
- El parto se diferencia de la evacuación en lo que se expulsa, una masa
inerte e inanimada, mientras que en el parto, sale de la madre un ser
vivo, activo, que colabora en su propio nacimiento
Más que sus argumentos, lo decisivo fue el prestigio del gran maestro
y, gracias a lo que el "magíster dixit", el parto decúbito dorsal
conquistó a Francia, de donde se extendió a Europa y luego a todo el mundo
civilizado. En realidad el hecho de que los médicos hiciesen acostar a
las mujeres fue una consecuencia que, a su vez, trajo otras consecuencias,
transformándose quizás en el mayor factor de iatrogenia de la historia
de la medicina. Alcanzando a la madre, al feto, al médico y, por último,
hasta la misma obstetricia.
Efectos del parto en decúbito
dorsal sobre la madre
La mujer grávida evita, instintivamente, la posición decúbito dorsal prolongada
para descansar. Se siente mal y, aún sin saber el por qué, percibe que
el funcionamiento de su corazón se dificulta. Esto se exacerba y se vuelve
más evidente ante un déficit cardíaco.
En estos casos, el cardíaco huye de la posición en decúbito dorsal y procura
permanecer sentado para compensar. La posición en cuclillas es la que
proporciona mayor alivio en los síndromes cianotizantes. La mejoría se
debe a que la posición de cuclillas produce una descompresión vascular
de los miembros inferiores enviando gran cantidad de sangre hacia las
partes altas del organismo.
Con el anémico sucede lo mismo. La posición de cuclillas aporta más sangre
para la oxigenación pulmonar y para la nutrición de los órganos nobles:
cerebro, corazón y todo el sistema endocrino. La disnea y las palpitaciones
alivian. Mejora la capacidad de raciocinio y sobreviene una sensación
de calma y bienestar debido a la mejor nutrición cerebral. Es el secreto
del yoga y de todas las técnicos orientales de meditación y concentración
que, sin darse cuenta adoptan la postura de cuclillas o el sentarse con
las piernas cruzadas, como parte esencial del programa. El mecanismo es
idéntico.
El déficit y las consecuencias circulatorias de la posición decúbito dorsal
en las gestantes provienen de un fenómeno bien estudiado y comprendido.
En la mujer acostada, el útero grávido descansa sobre los gruesos vasos
retroperineales, aorta y vena cava inferior. La aorta, gracias a la gran
presión intrínseca, soporta el peso que cae sobre ella; no sucede lo mismo
con la vena cava inferior, cuya presión ínfima - apenas 4 mm de mercurio-
no puede impedir el aplastamiento y disminución de su calibre, hecho que
retiene gran cantidad de sangre en el tercio inferior del tronco y miembros
inferiores, quitándolo de la gran circulación. Lo que progresivamente
puede producir hasta un síndrome de colapso postural de malestar, cianosis,
disnea, sensación de muerte y, en circunstancias especiales, un resultado
fatal. En esos casos el sufrimiento del feto es una constante, cosa que
se deduce por las variaciones en los latidos cardíacos, constituyendo
la llamada señal de Poseiro, que mejora cuando la paciente se acuesta
de lado. Ese alivio se debe a que los vasos de compresión uterina quedan
liberados, haciendo que la sangre fluya libremente.
Los efectos negativos de la posición decúbito dorsal se extienden a la
dinámica del parto en sus tres períodos: dilatación, expulsión y salida
de la placenta.
Dilatación
La dilatación en la mujer acostada se vuelve más lenta y está más sujeta
a complicaciones: la demora se debe a que, en gran parte, la presión que
el peso de la bolsa de agua y del feto ejerce sobre el cuello, se desvía
hacia la pared posterior del útero, sobre la cual descansan.
Expulsión
La expulsión en todos sus tiempos (rotación, descenso y desprendimiento)
también se perjudica: exige más esfuerzo, se demora más y está más sujeta
a las complicaciones, por la suma de diversos factores.
El canal de parto de la mujer acostada de espaldas se transforma en una
curva ascendente que la obliga a empujar el cilindro fetal por un plano
inclinado hacia arriba. Sería como, valga la comparación, empujar un auto
en una subida con el motor apagado. La rotación también se dificulta.
Da más trabajo dar vuelta el cilindro fetal acostado , apoyando sobre
la gran superficie corporal que, sobre una pequeña fracción de la cabeza
sobre la que se apoya cuando está en posición vertical.
En la mujer acostada, el colchón de la cama presiona las partes blandas
de las nalgas, junto con el sacro y el coxis en dirección al pubis, estrechando
el canal vaginal. El canal angustiado, exige un mayor esfuerzo para ser
vencido quedando de este modo sujeto a lesiones graves, roturas, dislocamientos,
desinserciones, predisposición a los prolapsos y disfunciones (rectocele,
incontinencia de orina, gases y heces), vagina débil, causa coadyuvante
de desajustes sexuales.
Gran parte de la fuerza expulsiva de la mujer se pierde al estar acostada
o en posición ginecológica. La potencia de la musculatura de las piernas
suspendidas queda eliminada casi por completo, mientras que los muslos,
músculos abdominales y torácicos, se ven perjudicados por el mal apoyo
de las palancas artromusculares.
Todos estos factores se suman para disminuir el pujo que deberá vencer
y dilatar la barrera perineal prolongando, a veces peligrosamente, la
liberación del nacimiento.
Esto le produce a la madre:
1) Lesiones importantes en el canal pélvico.
2) La cabeza del feto, permaneciendo con más fuerza y durante más tiempo
contra los elementos anatómicos de la pared anterior de la vagina y, alcanzando
más intensamente sus estructuras como la vejiga y la uretra, conmociona
toda su base y participa en los déficit funcionales y estructurales a
los que ya nos hemos referido.
Así es que, para vencer la resistencia de la salida pélvica, el médico
se vio obligado, a través del tiempo, a crear, ampliar y exagerar la indicación
de una serie de actos médicos: episiotomía, sinfisiotomía, vacuum extractor,
fórceps, cesárea, todos portadores de la pesada carga de la iatrogenia.
Alumbramiento (salida de la placenta)
En la mujer acostada, el hematoma retroplacentario junto con la masa de
la placenta, coloca su peso en dirección equivocada, contra la sólida
pared uterina posterior, en lugar de hacerlo contra el espacio dilatado
del canal vaginal, abierto por el pasaje del feto.
La primera consecuencia de esos desvíos es que el hematoma placentario,
por su tendencia a dirigir el dislocamiento hacia el mayor declive, fuerza
el pasaje bajo el borde más bajo de la placenta, liberándose a chorros,
antes de la salida de la placenta, en cuya expulsión deja de colaborar.
La placenta, en lugar de avanzar por el conocido mecanismo de Shultze
en que es expulsada, lo hace por el método de Duncan, o sea, resbalándose
por uno de sus bordes. Este modo de salida de la placenta es causante
de la mayor pérdida de sangre y el más sujeto a complicaciones.
De cualquier manera, aún con el método Shultze, que es más favorable en
la expulsión de la placenta, en general no se realiza espontáneamente.
Exige ayuda de la paciente o del asistente, médico o partera. La falta
de la salida espontánea y esa ayuda, casi siempre necesaria, ocasiona
la enorme incidencia de morbilidad y mortandad durante ese período del
parto. Son desórdenes de complicaciones que actúan por sí solas sumadas
a los accidentes obstétricos de otros tiempos. La mayoría de las muertes
maternas se produce justamente durante la expulsión de la placenta, y
se debe a dos causas fundamentales : hemorragia e infección. La hemorragia
puede ocasionar secuelas permanentes y también la muerte. En la mayoría
de los casos se debe a la demora en la expulsión de la placenta que, retenida
en el útero, impide el desarrollo de la hemostasia con su mecanismo de
cierre de los vasos miometrales que sólo se realiza cuando nada impide
la contracción uterina.
En la tentativa de ayudar a producir la expulsión de la placenta el médico
ejecuta gran variedad de maniobras: masajes, compresión, descompresión,
tracción, torsión (Credé, Brandt, Andrews, Dickson, Left, Kalking y Dublin),
que pueden lesionar fibras uterinas o producir roturas, o la fragmentación
de la placenta que es expulsada en forma incompleta, dejando dentro del
útero, partes de cotiledones o membranas, que dan continuidad a la hemorragia
u originan nuevas pérdidas de sangre.
Además hay una gran variedad de esquemas y combinaciones medicamentosas
que causan otras tantas complicaciones. Los tan usados oxitócicos, junto
con los populares derivados del centeno espigado, los ergotínicos recetados
para facilitar la salida de la placenta y prevenir complicaciones son
la causa determinante de una particular patología: anillos de constricción
uterina, retención de la placenta, problemas cardíacos o circulatorios
maternos.
A su vez, la infección puede sobrevenir por los restos de placenta que,
desnutridos, constituyen un caldo de cultivo para una variada e intensa
colonización microbiana.
En la mujer acostada, la misma posición favorece las infecciones en la
vagina. La pérdida urinaria la alcanza fácilmente y, por otro lado, es
dificil liberarla del contacto con el contenido recto-anal, como heces
y restos de enemas.
A su vez, los obstetras cuando se ven obligados a retirar la placenta
o los restos no expulsados, muchas veces por sus propias maniobras, se
ven en la necesidad de introducir la mano y el brazo en el canal vaginal,
invadiendo la cavidad uterina. Por más cuidadoso que sea el especialista
y, por mejor que se halle el ambiente de trabajo, nunca habrá seguridad
de asepsia, considerando la dificultad de evitar que la orina o las heces
entren o sean arrastradas hacia el interior del canal vaginal.
Por todas estas razones, los curajes y curetajes son considerados más
peligrosos que la mayoría de las laparotomías.
El riesgo es aún mayor en las hemorragias puerperiales, más tardías, cuando
la vagina y el cuello, ya contraídos, impiden el paso de la mano, exigiendo
el empleo de grandes pinzas o curetas que siendo utilizadas en un útero
grande, suelto, blando, representan una intervención difícil, aún para
manos expertas.
Cuando la mujer está en posición vertical (cuclillas), en la mayorías
de los casos, la placenta sale espontáneamente al canal de parto, arrastrando
las membranas sin violencia: sin necesidad de maniobras extrañas.
Cuando la mujer se encuentra en la posición decúbito dorsal (acostada
con la panza arriba), en el mejor de los casos, lo máximo que sucede es
que la placenta después de desprendida, se deposita en la vagina o en
el segmento inferior, quedando partes de la membrana en la cavidad uterina
contraída. Para que se produzca la expulsión, la paciente debe ser instada
a realizar movimientos expulsivos o, lo que es más común, el obstetra
o la parterarealizan maniobras auxiliares en su ayuda: comprimen, masajean
y presionan el globo uterino, manipulan el cordón umbilical, la placenta
y las membranas todo esto con técnicas a veces muy equivocadas, las cuales
pueden provocar roturas placentarias o membranosas, como también la retención
de restos que, abandonados allí suelen ser causa de hemorragias o infecciones.
Estas son las complicaciones más terribles de la obstetricia actual. Retirar
esos restos obligaría a una invasión del canal pélvico, y como vimos anteriormente,
por muy apropiado que sea el ambiente y por más competente que sea el
profesional nunca ofrece seguridad total. ¿Y qué decir de aquellos que
pregonan como rutina retirar manualmente la placenta y hacer examen sistemático
de la cavidad uterina en todos los partos? La generalización de este procedimiento
produciría la más calamitosa colección de complicaciones que pueda imaginarse.
Influencia sobre el primer contacto madre-hijo
La posición en decúbito dorsal influye tambén en el primer contacto materno
infantil. En primer lugar porque la posición acostada disocia completamente
a la mujer de la llegada de su hijo, pues permanece mirando al techo,
totalmente desinformada de lo que sucede en su esfera genital.
No ve nada, apenas imagina y por eso, con frecuencia, se angustia, sufre
y se desespera. No acompaña el resultado de su esfuerzo, al contrario
de lo que ocurre con la mujer arrodillada a acuclillada que, atentamente,
sigue el parto en sus más intimos detalles.
Esos son aspectos a los que, últimamente, se les presta mucha atención,
lo que constituye un campo bajo la observación de psicológos, biológos,
neonatológos, pediatras, puericultores y psiquiatras, además de los obstetras,
que son los más interesados en el asunto.
Estamos convencidos que pronto nuevas observaciones probarán la importancia
de la
interacción materno-infantil, a través de los contactos visuales, auditivos
y táctiles desde los primeros instantes del nacimiento de la criatura.
Las experiencias realizadas con animales han demostrado ya su veracidad.
Dr. Moyses Paciornik, extraído del libro "Parto en Cuclillas"