el dolor en el parto
"Tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos: con dolor parirás los hijos […] y estarás bajo el dominio del varón" (Génesis 3,16).
“Fuimos condenadas a parir con dolor y a vivir nuestras preñeces como
un trabajo multiplicado; y, desde luego, que estamos sufriendo esta condena
[…] Y también fuimos condenadas a ser criaturas maltratadas y abandonadas,
a nacer de madres patriarcales, de cuerpos insensibilizados. A ser un
trabajo multiplicado en vez de objeto de deseo y de amor. (Casilda Rodrigáñez).
Me propongo reflexionar sobre este tema en “casi” primer lugar desde el
espacio de Shamandala, porque creo que es unos de los grandes problemas
que rodea, desde muchas y muy diversas perspectivas, la conceptualización
del parto, así como las ideas y sentimientos que suscita en muchas mujeres
próximas a dar a luz o que se plantean tener un hijo. ¿De dónde viene
el dolor? ¿Y el miedo? ¿Y el miedo al dolor? ¿Si el parto no doliera (y
no lo hiciera “naturalmente”, sin intervención de epidurales ni demás
analgésicos o anestésicos) sería para muchas mujeres ese acontecimiento
traumático o, cuando menos, “digno de respeto”, que es en la actualidad,
al menos en muchas culturas occidentales?
Son preguntas cuya respuesta nos ayudaría, sin duda, a comprender más
y mejor el desarrollo del parto y a vivirlo de una manera más consciente,
más libre y más serena. A liberarnos de muchos miedos y de muchas ideas
falsas o, simplemente, preconcebidas y a re-programarnos para vivir el
nacimiento de nuestr@s hij@s como el acontecimiento glorioso que nunca
debió dejar de ser.
El centro del miedo se localiza en un núcleo de células del sistema límbico,
llamado “amígdala”. El sistema límbico incluye el hipotálamo, el hipocampo,
la amígdala y otras áreas cercanas; y se conoce también como cerebro “mamífero”,
“instintivo” o “emocional”. Estos nombres pueden ayudarnos a comprender
mejor las funciones corporales y cognitivas que encuentran su correlato
fisiológico en el sistema límbico. Muchos estudios muestran que, en los
humanos y otros mamíferos, la estimulación “artificial” (en condiciones
experimentales) de la amígdala suscita sentimientos de miedo.
El dolor se puede analizar desde tres dimensiones: sensitiva (o discriminativa),
aquella que se refiere a sus cualidades estrictamente sensoriales como
intensidad, localización, duración, etc.; la cognitiva, que se “encarga”
de evaluar las características del dolor y su significado; y la afectiva,
relativa a las emociones (angustia, temor, ansiedad, etc.) que suscitan
tanto la percepción como la evaluación del dolor. Por tanto, podemos decir
que el dolor tiene un componente “objetivo”, nociceptivo, y un componente
“subjetivo”, evaluativo. Tanto desde la medicina como desde la psicología
se ha intentado analizar
las variables que determinan la respuesta individual al dolor, encontrándose,
entre otras, como variables “moduladoras”: la personalidad del paciente
(v.gr. control de impulsos), la propia experiencia en relación a dolores
previos, estados de ánimos, nivel cognitivo, sexo, edad, o determinantes
culturales y/o ambientales que matizan, sobre todo, la evaluación y la
expresión del dolor.
Algunas de las zonas cerebrales que intervienen en la percepción del dolor,
en cualquiera de las tres dimensiones propuestas, son el tálamo y la amígdala.
Los humanos podemos ser condicionados por el miedo y, por lo tanto, por
el miedo al dolor… en extensión, también por el miedo al parto.
El dolor tiene una función biológica: indicarnos que algo anda mal y que
es necesario que hagamos algo que consiga reparar el daño físico que lo
genera. Por ello, hasta cierto punto, el miedo al dolor (o al menos una
evaluación y/o reacción negativas al dolor) es algo “natural”, “instintivo”,
puesto que forma parte de los mecanismos que ayudan a garantizar la supervivencia
del individuo y, por extensión, de la especie.
Un correlato psicológico del miedo es la ansiedad. Al igual que el miedo
puede condicionarse (en este caso el miedo al dolor y/o el miedo al parto)
también puede extinguirse (“deshacerse”) un condicionamiento. Estudios
llevados a cabo en condiciones experimentales han demostrado que la exposición
real o imaginada al dolor ayuda a disminuir el temor.
Pues bien, una vez sentadas estas bases, hay que tener muy en cuenta que
el parto es una experiencia altamente emocional perteneciente a la esfera
sexual, controlada por una serie de hormonas que se segregan por el cerebro
“instintivo” o “mamífero”. Lo ideal durante el parto es que la intervención
del “neocórtex” (nuestro “cerebro racional”) sea mínima, no sólo desde
un punto de vista fisiológico, ya que no cumple ninguna función importante
o determinante en el normal desarrollo del parto, sino porque su excesiva
activación interfiere con el mismo. De hecho, muchas de las actuaciones
que tienen lugar en las salas de parto “tradicionales” nacen de un profundo
desconocimiento (aunque esta afirmación parezca una barbaridad) de la
fisiología del parto normal y del papel crucial que juega el antagonismo
oxitocina-adrenalina en el mismo. La oxitocina es la hormona del parto
por excelencia y la hormona antagonista de la adrenalina. Por tanto, cualquier
procedimiento o situación que suponga una liberación de adrenalina inhibirá
el equilibrio hormonal necesario para el desarrollo fluido del parto.
Durante el parto se ha de dilatar el útero, un músculo que por lo general
contiene mucha tensión (principalmente en el caso de las mujeres “occidentales”)
y que por haber permanecido hipertenso y rígido durante mucho tiempo es,
generalmente, doloroso a la extensión. De hecho, hay evidencias de que
entre las mujeres de algunos pueblos indígenas donde la sexualidad es
vivida de una manera más abierta y natural, los partos son muchos menos
(o nada) dolorosos.
Algunos de los procedimientos más habituales que se llevan a cabo en la
atención al parto pueden desencadenar una secreción de adrenalina que
interfiera con la oxitocina y, por tanto, ralentice o dificulte el parto.
Entre ellos, tal y como señala Michel Odent: (a) un acompañante en el
parto que se comporta como instructor, o un observador, o un ayudante,
o un guía, o una “persona de apoyo”; (b) l os tactos vaginales, (c) el
contacto visual, (d) un cambio forzado de entorno, (e) el lenguaje racional
que estimula el intelecto de la parturienta (“Ahora tienes una dilatación
completa; tienes que empujar”); (f)un ambiente frío, (g)un exceso de luz.
Podríamos pararnos a analizar si el dolor en el parto es o no universal.
J. Merelo-Barberá, en su libro “Parirás con placer” (Ed. Kairós) expone
que el útero es el principal órgano erógeno de la mujer, que la mujer
está socializada en una ruptura psicosomática “útero-conciencia” y que
por ello paremos con dolor. Otros autores sustentan ideas similares. Así,
según Casilda Rodrigáñez: “Según vamos creciendo, ya con toda la presión
social, se va asentando en nuestras mentes una percepción que infravalora
y deforma nuestros cuerpos y su potencial erótico, aceptando que es normal
que la regla nos duela todos los meses, que estar embarazada es una pesadez
y una lata por lo que hay que pasar para tener un@ hij@, y que el parto
es un mal trago que sólo gracias a la epidural y a la medicina se palia
un poco”.
¿Es, realmente, el dolor en el parto, fruto de una “deformación cultural”,
de un condicionamiento, del “desapego” y desconocimiento de nuestro propio
cuerpo, del miedo?
Algunas evidencias apoyan la idea del componente cultural del dolor y
su expresión. Por ejemplo, “Las mujeres de ciertas regiones de Arabia
Saudita, conocedoras de la sexualidad del parto, forman corro alrededor
de la parturienta bailando la danza del vientre, hipnotizándola con sus
movimientos rítmicos ondulantes para que también ella se mueva a favor
del cuerpo en lugar de moverse contra él . […]Bartolomé de las Casas y
otros viajeros del siglo XVI han escrito que las mujeres de las poblaciones
que habían encontrado en zonas del planeta desconectadas de nuestra civilización
parían sin dolor”.
En su libro “El parto, crónica de un viaje”, Frederik Leboyer afirma:
“¿Que hace sufrir a la mujer que da a luz? La mujer sufre debido a las
contracciones, unas contracciones que no acaban nunca y que hacen un daño
atroz, ¡pero son calambres! Todo lo contrario de las 'contracciones adecuadas'.
¿Qué es un calambre? Una contracción que no cesa, que se crispa y se niega
a soltar su presa y, por lo tanto, no 'afloja su garra' para transformarse
en su contrario: la relajación en la que normalmente desemboca. En otras
palabras, lo que hasta ahora se había tomado por contracciones 'adecuadas'
eran contracciones altamente patológicas y de la peor calidad. ¡Qué sorpresa!
¡Qué revelación! ¡Qué revolución en ciernes!”
Como vemos, podríamos profundizar mucho en este tema. Sin embargo, asumamos
(más que nada por la dificultad de “desembarazarse” de un condicionamiento
no sólo de décadas de vida, sino de siglos de historia) que parir duele.
Pero asumamos que, salvo patologías (físicas, psíquicas y/o emocionales)
y restando el influjo de las variables moduladoras del dolor, el dolor
del parto es un dolor soportable. Aventurémonos a ir más allá aún: es
un dolor útil y necesario. A estas alturas del discurso muchas personas
suelen poner el grito en el cielo y responder con sentencias del tipo:
“¡Qué estupidez eso de no querer epidural, es como ir a sacarse una muela
sin anestesia! Los avances médicos están para algo.” Parece tan obvio
que recalcarlo puede resultar una perogrullada, ¿no?: si te duele la cabeza,
te tomas un gelocatil; si te sacas una muela no se te ocurre pedir que
no te pongan anestesia, entonces, ¿por qué sufrir por sufrir cuando puedes
evitarlo? ¿Por qué parir con dolor cuando tenemos a nuestra disposición
la anestesia epidural? Se podría responder a estas preguntas enumerando
la lista de posibles efectos secundarios de una epidural, pero es obvio
que un@, al menos teóricamente, valora los pros y los contras de una elección
antes de tomarla. Yo creo que el razonamiento que sustenta tal elección,
tal necesidad, hunde sus raíces en razones mucho más profundas, mucho
más enraizadas en la verdadera naturaleza de la maternidad, en el significado
del parto y en su fisiología.
Puesto que soy de la opinión de que el dolor en el parto no es universal,
diré que el “esfuerzo” que supone un parto tiene un porqué. Un porqué
necesario a nivel individual y a nivel de especie. Las emociones, las
sensaciones, los olores, las hormonas, las eclosiones de instinto, la
catarsis, la explosión de júbilo, el cuelgue hormonal que tiene lugar
en un parto no anestesiado, en un parto que nace, se vive y se dirige
desde las entrañas, no tienen comparación alguna con un parto “sin dolor”
(o diremos, mejor, sin “esfuerzo”).
Creo que cualquier mujer que fuera capaz de vislumbrar ese significado
profundo, ese maravilloso entramado de la naturaleza y la fisiología,
sus funciones y sus razones de ser, no podría por
menos que perderle el miedo al dolor. Y una vez perdido, realmente perdido,
desandar el camino de ese círculo vicioso en el que andamos metidas.
“Solo cuando la maternidad deje de ser una violación del cuerpo de la
mujer y vuelva ser placer; cuando deje de ser esclavitud y vuelva a ser
vivencia gozosa de la sexualidad femenina; cuando concibamos movidas por
el deseo de nuestras entrañas y no para dar cumplimiento al mandato patriarcal,
podremos volver a esa vida más cálida y recuperar los placeres que no
tienen nombre, esa relación erótica que las criaturas necesitamos”. (Casilda
Rodrigáñez).

