|
Aunque realmente el
estudio no ha aportado apenas información
nueva y se basa en una discutible
recolección de datos, los medios de
comunicación locales y nacionales -e incluso
algunos médicos- han afirmado que muestra un
mayor riesgo de rotura uterina que el citado
en trabajos anteriores. Los titulares de
prensa de todo el país han sugerido que la
investigación respalda la repetición de la
cesárea en lugar de un PVDC, y un número
creciente de médicos opina que la cesárea es
tan segura o más que un parto vaginal.
El número del 5 de julio
de 2001 del
New England Journal of Medicine
incluía un trabajo de Mona Lydon-Rochelle
et al.1
acompañado de un editorial del médico
Michael F. Greene,2 que han
suscitado mucha atención en los medios de
comunicación, generando discusiones sobre
los riesgos de un parto vaginal después de
una cesárea (PVDC).
Pero no nos quedemos en
la superficie: lo que los médicos están
admitiendo inadvertidamente es que su abuso
de intervención médica en los nacimientos ha
conseguido que un parto vaginal normal tenga
tanto riesgo como una operación de cirugía
mayor. Una crítica cuidadosa expone las
limitaciones tanto del estudio como del
actual modelo médico del nacimiento,
planteando la cuestión de si dicho modelo
tiene todavía alguna credibilidad para las
mujeres embarazadas.
Los
resultados del estudio
En el trabajo se
combinaron los datos de los certificados de
nacimiento del estado de Washington con la
información extraída de las altas
hospitalarias en los años 1987 a 1996, con
objeto de examinar la incidencia de rotura
uterina en cuatro grupos de mujeres:
aquellas a las que se les programó la
repetición de la cesárea (ERCS,
elective
repeat cesarean section) sin ponerse
de parto (n=6980), aquellas que intentaron
el PVDC, iniciándose éste de manera
espontánea (n=10789), aquellas cuyo parto
fue inducido por métodos no
prostaglandínicos (n=1960), y aquellas cuya
inducción incluyó prostaglandinas (n=366).
La tasa de rotura uterina para las mujeres
que se sometieron a una cesárea programada
fue del 0,16% (11 de 6980). Para las mujeres
que se pusieron espontáneamente de parto (SOOL,
spontaneous
onset of labour), la tasa fue del
0,52% (56 de 10789); con inducción no
prostaglandínica la tasa fue de 0,77% (15 de
1960) ; y para mujeres cuyo parto se indujo
con prostaglandinas la tasa fue de 2,45% (9
de 366).
Ninguna de estas tasas
difiere significativamente de las
encontradas en trabajos previos. De hecho,
la tasa de rotura entre mujeres que
intentaron el parto fue más baja que la
sugerida por varios estudios recientes. La
tasa para todas las mujeres que intentaron
el PVDC fue de 0,6%, lo que se sitúa en el
extremo inferior del rango de 0,2-1,5%
citado por el
American
Collegue of Obstetricians and Gynecologists
(ACOG) en una revisión bibliográfica de sus
directrices para la práctica de PVDC.3
Tasas de rotura entre 0,5 y 1% han sido
utilizadas en el pasado como un prueba de la
relativa seguridad de los PVDC; aquellos que
usan ahora estas mismas tasas para sugerir
que el PVDC tiene demasiados riesgos están
utilizando prestidigitación estadística con
el propósito de limitar el acceso de las
mujeres a los PVDC. Los motivos de esta
manipulación se discuten en las conclusiones
de este artículo.
Por supuesto que no es
nuevo que la repetición de una cesárea no
protege completamente a una mujer del riesgo
de rotura uterina. Es la cesárea previa, no
el PVDC, lo que expone a la mujer y al feto
al riesgo de una rotura. La cicatriz de una
cesárea anterior también predispone a la
madre y al feto a otras complicaciones
obstétricas que raramente se ven en mujeres
con el útero intacto. Los médicos saben bien
que una cesárea proyecta una larga sombra
sobre el resto de la vida reproductiva de
una mujer, ya que puede afectar a la
seguridad y la salud tanto de ella misma
como de su hijo no nacido. El porcentaje de
cesáreas, que en 1997 empezó a subir de
nuevo tras casi una década de declive,
alcanzó en el año 2000 el 22,9%, lo que
supone un incremento del 11% sobre los 4
años anteriores y la tasa más alta
registrada desde 1989.4
Claramente, los médicos no están haciendo lo
suficiente para reducir el número de
cesáreas innecesarias (que se estima
-calculando por lo bajo- en un 50% de todas
las cesáreas realizadas, aproximadamente
500.000 al año).5 Por lo tanto,
deben asumir la responsabilidad de las
complicaciones que su a menudo arrogante uso
de una intervención quirúrgica continúa
ocasionando. Proponer más cirugía como
solución únicamente agravará el problema.
El descubrimiento más
notable del estudio del
New England
Journal of Medicine -y que ha
merecido escasa atención por parte de los
medios - es el drástico incremento del
riesgo de rotura al utilizar prostaglandinas
en la inducción del parto. Aunque estudios
anteriores habían relacionado las potentes
hormonas sintéticas usadas en la inducción
con un mayor riesgo de rotura, este estudio
intentó aislar el uso de prostaglandinas
como un factor de riesgo separado y lo
expresó en términos de riesgo relativo con
respecto a una segunda cesárea programada.
La tasa de rotura entre mujeres inducidas
con prostaglandinas fue 15 veces superior a
la de mujeres que no se pusieron de parto.
Si se compara con el riesgo de rotura en
mujeres que iniciaron el parto
espontáneamente, la tasa de rotura de las
inducidas con prostaglandinas fue casi 5
veces superior. Esto debería hacer al
personal sanitario y a las mujeres
embarazadas detenerse antes de considerar la
inducción del parto tras una cesárea, lo que
es alarmantemente común hoy en día. Es muy
pronto para descartar completamente la
inducción en un PVDC, y de todas maneras, la
evaluación individualizada de los riesgos
puede dictar situaciones en las que incluso
los riesgos incrementados de una inducción
con prostaglandinas sean superados por los
beneficios de un parto vaginal.
La rotura uterina es una
complicación seria y que pone en peligro la
vida tanto de la madre como del feto. Como
Michael F. Greene ha observado en su
editorial, Lydon-Rochelle
et al.
han encontrado que cuando sucede una rotura
uterina, las posibilidades de morir del bebé
son del 5,5%. Las posibilidades de muerte
del bebé en ausencia de rotura son de 0,5%.
Greene afirma que se incrementa en 10 veces
el riesgo de muerte para el feto, lo que es
una grave tergiversación de los hechos. En
las 91 roturas uterinas registradas en el
estudio, hubo cinco muertes fetales. (Los
autores no indican en cuáles de los grupos
de estudio tuvieron lugar las muertes ya que
las muestras serían demasiado pequeñas para
inferir conclusiones válidas). Estas cinco
muertes representan una tasa de mortalidad
fetal del 5,5% en el subgrupo de mujeres que
tuvieron una rotura uterina (n=91). Nótese
que los datos no permiten a los
investigadores concluir que las roturas
necesariamente causaron las muertes, sino
que simplemente éstas se asociaron a las
roturas.
En el subgrupo sin rotura
uterina (n=20.004) hubo 100 muertes fetales,
es decir una tasa de mortalidad fetal del
0,5%. Aunque esto puede expresarse como un
incremento de 10 veces en la tasa de muerte
fetal para las roturas uterinas frente a los
nacimientos sin rotura, sería como comparar
peras con manzanas. La cuestión real para
una mujer que se plantee un PVDC es "¿qué
posibilidades tiene mi bebé de morir si
intento un PVDC?". Desde esta perspectiva,
el riesgo de muerte fetal entre las 13.115
mujeres que intentaron el PVDC fue del
0.038% (5 de 13.115). De esta manera, las
posibilidades de muerte asociadas al PVDC
fueron 12 veces menores que el riesgo de
muerte del bebé por causas no relacionadas
con la rotura uterina. Ningún nivel de
intervención médica puede reducir la tasa de
mortalidad fetal a cero, la muerte será
siempre una parte del nacimiento. El uso del
escasísimo riesgo de muerte del feto para
convencer a más mujeres de someterse a
intervenciones quirúrgicas innecesarias
seguirá sin poder garantizar a los padres un
bebé vivo.
Limitaciones
y puntos débiles del estudio
Como ocurre con muchos
otros, este estudio plantea muchas más
cuestiones de las que resuelve. Debido a las
limitaciones del método de recogida de
datos, los investigadores no fueron capaces
de determinar la incidencia y los posibles
efectos de otras intervenciones obstétricas
dentro de los grupos de estudio. Es
razonable asumir que a un número
significativo de mujeres que se pusieron de
parto espontáneamente les ha sido
administrada oxitocina durante el trabajo de
parto, aunque este hecho que potencialmente
podría distorsionar los datos no ha podido
ser examinado. Al menos un estudio ha
encontrado un incremento en el riesgo de
rotura entre mujeres que recibieron
oxitocina durante el parto.6
Aunque el incremento encontrado no es
estadísticamente significativo, los autores
de dicho trabajo recomiendan proceder con
precaución al administrar oxitocina en un
PVDC. Hasta la fecha, ningún estudio de
envergadura significativa ha determinado el
riesgo de rotura uterina en mujeres que se
pusieron de parto por sí mismas y en cuyo
trabajo de parto no se administró oxitocina
ni tuvo lugar ninguna otra intervención
obstétrica. Este es un fallo grave por parte
de los investigadores para determinar el
riesgo "real" de rotura tras una cesárea
previa y es quizá la cuestión que Lydon-Rochelle
et al.
deberían haber considerado.
Otra limitación en la
metodología del estudio está relacionada con
los códigos usados para determinar la
incidencia de rotura uterina. De acuerdo con
los autores, "Se consideró que había habido
rotura uterina si en el formulario de alta
hospitalaria constaban los códigos de
diagnosis ICD-9-CM 665.0 o 665.1". La
fiabilidad de este método es cuestionable a
raíz de otros descubrimientos sobre el uso
de los códigos ICD-9-CM. DeJoy
et el.
advirtieron contra el uso de datos
dependientes de los códigos ICD-9-CM para
estimar la rotura uterina tras revisar cinco
años de datos en Massachussets, ya que
encontraron que "aproximadamente el 50% de
los códigos ICD-9-CM asignados representaban
casos de cualquier grado de rotura uterina o
dehiscencia preoperativa de heridas del
útero."7 Una dehiscencia, o la
separación parcial o adelgazamiento de la
cicatriz del útero, no tiene el mismo riesgo
para la madre o el feto que la mucho menos
frecuente rotura completa.
La posible inclusión de
dehiscencias en las tasas de rotura podría
tener serios efectos sobre los resultados de
este estudio. Los autores afirman que como
los dos códigos ICD-9-CM se aplican a
mujeres que tienen niveles significativos de
secuelas negativas, se puede asumir que las
roturas codificadas no fueron benignas. Si
bien esto puede ser un método un tanto
efectivo para controlar diagnósticos mal
codificados, puede darse también el caso de
que las serias complicaciones reflejadas en
el alta fueran causadas por la cesárea de
emergencia u otros sucesos, más que por la
rotura. No hay forma de determinar esto sin
un examen de las tablas de datos, examen del
que el estudio carece; la revisión del
pequeño número de casos (91) que se asume
que incluyen rotura uterina respondería la
cuestión de si los datos son fiables.
Una revisión efectuada en
todo el estado de Massachussets de la
validez y fiabilidad de los códigos ICD-9-CM,
publicada en el
Morbidity
and Mortality Weekly Report el 31 de
marzo de 2000, concluye que los resultados
de la investigación "indican que los códigos
ICD-9-CM relacionados con rotura uterina que
fueron asignados antes de el aumento de
preocupación sobre este tema, carecen de
especificidad para la vigilancia de la
rotura uterina y no han sido aplicados
coherentemente a lo largo del tiempo".8
En la comparación con los registros
hospitalarios se encontró que sólo el 50,7%
de casos de rotura uterina codificados como
ICD-9-CM 665.0 y 665.1 eran realmente
roturas. Además, el estudio de Massachussets
incluyó el uso de un código que no había
sido utilizado por los investigadores del
estado de Washington, el 674.1, "disrupción
de la herida de la cesárea", que incluye
"dehiscencia o disrupción de la herida
uterina". Se determinó que el 28,6% de los
casos codificados como 674.1 eran auténticas
roturas uterinas. Asumiendo un nivel de
error similar en los datos del Estado de
Washington, Lydon-Rochelle
et al.
habrían perdido un gran número de roturas
que habían sido codificadas incorrectamente
como 674.1, no incluyéndolas en su estudio.
Esto significa que la rotura uterina está
potencialmente infravalorada en sus
resultados. Aunque los resultados del
estudio de Massachussets no pueden aplicarse
de manera directa a los datos de Washington,
sus conclusiones sí que deben ser
consideradas para determinar si se permite
que estos descubrimientos influencien la
práctica clínica o las recomendaciones
específicas sobre los PVDC.
El estudio de
Massachussets también advierte que los
códigos 665.0 ("rotura del útero antes del
inicio del trabajo de parto") y 665.1
("rotura del útero durante el trabajo de
parto", o bien "rotura del útero sin más
especificaciones"), están incluidos dentro
de la amplia categoría de tres dígitos 665,
"otras lesiones obstétricas", que también
incluye el "daño por instrumentos". Además,
el sistema ICD-9-CM indica a los
codificadores que utilicen el 665.1 para la
"laceración del útero, lesión obstétrica no
clasificable en otro lugar", una
complicación accidental frecuente que sucede
durante la salida del feto a través de la
incisión del útero8. De este
modo, un porcentaje de casos codificados
como 665.1 podría no representar roturas
uterinas durante el trabajo de parto, sino
el alargamiento de la incisión en el útero
durante la cesárea u otros daños derivados
de la propia cirugía.
Otra limitación de este
estudio merece discusión. El único entorno
de nacimiento examinado por los
investigadores fue el ambiente hospitalario.
Los datos de los nacimientos en casa tras
una cesárea no se incluyeron en este
estudio; de hecho, el parto en casa tras una
cesárea no ha sido incluido en ninguna
publicación sobre el PVDC hasta la fecha. La
recomendación de intentar el PVDC sólo en un
entorno hospitalario está extendido entre la
comunidad obstétrica, como queda evidenciado
en el boletín práctico para PVDC del ACOG.3
Uno de los autores del estudio de
Washington, el médico Thomas Easterling, es
citado en la prensa; "Aquellas que intenten
el parto deben hacerlo en un hospital, donde
rápidamente se puede hacer una cesárea en
caso de que fuera necesario."9 No
ofrece bases empíricas para esta propuesta.
Las recomendaciones del ACOG no se basan,
como ellos mismos admiten, en evidencias
científicas, sino en "el consenso y la
opinión de los expertos" -el consenso de los
médicos cuyos sustentos dependen de que las
mujeres vayan a los hospitales a dar a luz.
No es sorprendente que la mayoría de los
obstetras no recomienden el parto en casa.
La gran mayoría de ellos no tiene
experiencia en este tipo de nacimientos, ni
quiere tenerla.
El editorial de Greene
nos remite a un metaanálisis de los riesgos
asociados al PVDC versus ERCS, y afirma,
"Esta estimación de riesgos refleja una gran
experiencia en un amplio rango de entornos
de práctica clínica". Olvida mencionar que
este rango de entornos no es tan amplio ya
que no incluye el hogar u otros entornos no
hospitalarios. En comparación con un parto
doméstico o en una casa de partos, en el
parto hospitalario tiene lugar una mayor
morbilidad y mortalidad para las mujeres y
los bebés en todos los niveles de riesgo.10-24
No es de recibo asumir, sin investigación al
respecto, que no se puede aplicar esta
afirmación al PVDC. La recomendación de un
PVDC hospitalario no puede considerarse
válida sin una comparación de los riesgos y
beneficios del parto en casa después de una
cesárea. Dado que algunos de los
catastróficos resultados de rotura uterina
citados en la bibliografía médica y en la
prensa han involucrado el desconocimiento
del personal hospitalario de signos de
rotura inminente y el descartar el dolor de
las madres o la sensación instintiva de que
"algo no va bien", no es evidente que el
estar de parto en un hospital necesariamente
disminuya el riesgo de rotura o garantice un
resultado positivo para el neonato en caso
de rotura. Por el contrario, Lydon-Rochelle
et al.
demuestran que el dar a luz en el hospital
incrementa drásticamente el riesgo de rotura
cuando se utilizan agentes de inducción,
circunstancia que raramente sucede en los
nacimientos en casa.
Este estudio se aleja así
de la condición de declaración de mayor
autoridad sobre el riesgo de rotura uterina
que le había sido atribuida. Futuras
investigaciones probablemente confirmarán
las noticias que llegan constantemente desde
hace más de dos décadas: que el PVDC en la
ausencia de una tosca intervención médica es
una proposición muy segura.
Los riesgos
de la repetición de la cesárea
Otro gran punto flaco del
estudio de Washington es la ausencia de una
evaluación completa y un discusión de los
riesgos de la cesárea programada.
Sin ninguna duda, la
afirmación más alarmante hecha conjuntamente
con este estudio es que la programación de
una segunda cesárea ha sido probada como la
opción más segura para el bebé. Esta
indignante declaración ha sido erróneamente
transmitida por los medios de comunicación
como una conclusión empírica del propio
estudio, confundiendo y preocupando
innecesariamente a mujeres que planean un
PVDC. Esta afirmación es en realidad la
opinión del Dr. Greene, el autor del
editorial en el
New England
Journal of Medicine, quien declara,
Tras una concienzuda
discusión de los riesgos y beneficios que
tiene intentar un PVDC, la paciente podría
preguntar, "Pero doctor, ¿qué es lo más
seguro para mi bebé?". Dados los
descubrimientos de Lydon-Rochelle et al., mi
respuesta inequívoca sería: hacer otra
cesárea.2
Pero ninguna discusión
sobre los pros y contras del PVDC puede ser
considerada "concienzuda" sin una discusión
adecuada de los pros y contras de la
repetición de la cesárea, incluyendo
morbilidad y mortalidad a corto y largo
plazo para la madre y el feto. Esta
información es frecuentemente omitida o
minimizada cuando los médicos discuten el
PVDC con sus pacientes, negando a las
mujeres una parte del conocimiento necesario
para tomar una decisión realmente
informadas.
Dejando a un lado el tono
patriarcal empleado por Greene para
caracterizar a su hipotética paciente, en
quien él aparentemente percibe la abdicación
en favor del médico de su responsabilidad de
valorar los riesgos y tomar su propia
decisión, su opinión sobre la seguridad de
la cesárea programada es infundada e
irresponsable. Ciertamente no es una
conclusión válida que se derive de los
resultados del trabajo de Lydon-Rochelle
et al.
De modo similar, la declaración del Dr.
Peter Schwartz, presidente del ACOG, de que
"lo más seguro para el bebé es que a su
madre le hagan una cesárea, y esto es
indiscutible"27 ,muestra una
alarmante falta de respeto hacia los riesgos
reales de una cesárea.
En muchas de las pruebas
de los riesgos de la cesárea se incluyen las
cesáreas de emergencia, las cuales
generalmente tienen una tasa mucho mayor de
complicaciones. De todas maneras la cesárea,
aunque sea programada, sigue siendo una
operación de cirugía mayor y no merece la
reputación de benignidad que muchos le
atribuyen. La programación de una segunda
cesárea tiene un mayor conjunto de riesgos
relacionado con las complicaciones asociadas
a la existencia de una cicatriz uterina
anterior.
Riesgos para
el bebé
"El Síndrome de Distress
Respiratorio (RDS) del recién nacido es una
complicación importante de la repetición de
la cesárea programada".27 Este
síndrome se ve en el 0,2-1,7% de bebés
nacidos a término por cesárea programada;28,29,30,31,32
la incidencia es mayor entre neonatos de
menos de 37 semanas de gestación. El RDS es
una complicación seria que pone en peligro
la vida del bebé, quien a menudo necesita
pasar un tiempo en la Unidad de Cuidados
Intensivos Neonatales (NICU), unos 11,2 días
como media, y posiblemente ventilación
mecánica y terapia medicamentosa.32
Conjuntamente con las tasas de taquipnea
transitoria del recién nacido, una
complicación menos grave que sin embargo es
preocupante para los padres y además puede
requerir el paso por la NICU, Morrison
et al.
encontraron que el riesgo de padecer una de
las dos complicaciones era del 3,55% para
bebés nacidos a las 37 semanas de gestación
o más.29 Esto supone tres veces
más riesgo que el calculado para bebés
nacidos de cesáreas realizadas durante el
parto, y siete veces más que para partos
vaginales. Hales
et al.
encontraron una incidencia del 12,4% de
morbilidad respiratoria en bebés a término
nacidos por cesárea programada.30
En otro estudio, Levine
et al.
encontraron un riesgo del 0,37% de
hipertensión pulmonar persistente (PPH) en
bebés nacidos por cesárea programada, cinco
veces más que en nacidos de partos
vaginales.31
También se ha encontrado
mayor incidencia de RDS entre recién nacidos
pre-término. La prematuridad yatrogénica
(causada por la práctica médica) es un
riesgo conocido de la cesárea programada,
normalmente relacionado con un fallo en los
protocolos de determinación de edad
gestacional antes del nacimientos o con
errores en la estimación de las semanas de
gestación a nivel del uso de datos clínicos.32,33
Aunque la mayoría de los estudios han
examinado los riesgos para bebés muy
prematuros, existen también riesgos
significativos para bebés nacidos entre las
semanas 32 a 36. Un reciente estudio de
Kramer et
al. demuestra que las tasas de muerte
infantil (desde el nacimiento hasta un año
de edad) se incrementan en tres veces en los
EEUU (y 4,5 veces en Canadá) para bebés
nacidos entre las semanas 34 y 36 de
gestación, y seis veces más en EEUU y 15 en
Canadá para bebés nacidos entre las semanas
32 a 36. Se han advertido incrementos
sustanciales de muertes debidas a asfixia,
infecciones, muerte súbita del lactante y
causas externas.
Menos serio, si bien
preocupante, es que los bebés nacidos por
cesárea tienen un mayor riesgo de ser
cortados por el cirujano durante la
operación. La incidencia de heridas
quirúrgicas es del 2% para todos los nacidos
por cesárea, y del 6% para los que tenían
presentación de nalgas.35 Los
investigadores creen esto sucede en más
ocasiones de las que se da parte, estando
este riesgo infravalorado.
Riesgos para
la madre
Casi nadie discutirá que
las madres aún afrontan mayores riesgos en
una cesárea programada que en un parto
vaginal, aunque el abuso de intervenciones
médicas como la extracción mediante fórceps
o ventosa y la episiotomía puede hacer que
pronto se acerquen. Las infecciones son la
complicación más frecuente para la madre
tras una cesárea y explican la sustancial
morbilidad postnatal y la estancia
prolongada en el hospital.36
Otros riesgos incluyen el de hemorragias
masivas en el 7,3% de las cesáreas,37
transfusiones en el 6,4%,38
lesiones en los uréteres en el 0,03-0,1%,39
lesiones en el intestino en el 0,05%,40
y endometriosis incisional en el 0,1-1,0%.41,42
Esta lista no es de ningún modo exhaustiva.
En un estudio del año
2000 publicado en el
Journal of
the American Medical Association,
Lydon-Rochelle
et al.43
advierten que las mujeres que se someten a
una cesárea tienen el doble de posibilidades
que las mujeres que han dado a luz
vaginalmente de ser rehospitalizadas por
razones tales como una infección uterina
(riesgo relativo -RR- de 2,0), problemas en
la vesícula biliar (1,5 RR), infecciones del
tracto urinario (1,5 RR), complicaciones en
la incisión quirúrgica (30,0 RR), problemas
cardiopulmonares (2,4 RR), tromboembolias
(2,5 RR) y apendicitis (1,8 RR). Hacen notar
en su discusión que la rehospitalización
tiene un efecto negativo social y económico
sobre la familia, un riesgo más de la
cesárea. Varios estudios coinciden
unánimemente en sus conclusiones que las
mujeres a las que se les hizo una cesárea
estuvieron menos satisfechas con su
experiencia que las mujeres que tuvieron un
parto vaginal.44,45,46,47 La
cesárea programada también incrementa el
riesgo de histerectomía tanto en el embarazo
presente como en los futuros48,49
y el riesgo de morir se duplica, en
comparación con el del parto vaginal.50
Aumento de
las complicaciones en siguientes embarazos
Una cesárea previa
incrementa drásticamente los riesgos de
complicaciones severas, normalmente escasas,
en siguientes embarazos. La incidencia de
placenta previa, que es de un 0,25% en
mujeres con el útero intacto, aumenta al
1,87% tras una cesárea.51 Existe
un patrón dependiente del número de
cesáreas; con una cesárea anterior, el
riesgo de placenta previa se incrementa 4,5
veces, con dos cesáreas anteriores, el
riesgo aumenta 7,4 veces, tras tres
cesáreas, 6,5 veces. Con cuatro o más
cesáreas, la posibilidad de tener placenta
previa aumenta casi 45 veces con respecto a
un útero intacto.52
Una placenta con
inserción baja en el útero es más probable
que conduzca a una placenta acreta. De
acuerdo con un estudio de 1997 realizado por
Miller et
al.,53 la presencia de una
cicatriz en el útero hace aumentar por sí
sola el riesgo de placenta acreta desde el
0,01% que se observa en úteros intactos
hasta el 0,25% observado cuando hubo al
menos una cesárea. De nuevo, el número de
cesáreas anteriores incrementa el riesgo de
placenta acreta.54 Esta
complicación puede producir hemorragias
severas, que conducen a la extirpación del
útero en un 50-82% de los casos.52,54
También puede llevar a la muerte de la
mujer.
El desprendimiento de
placenta está también significativamente
incrementado en mujeres con una cesárea
previa en comparación con mujeres que no han
tenido cesáreas. La tasa de desprendimiento
en Finlandia fue descrita por Hemminki
et al.
como de 0,17% en mujeres sin cesárea previa
y de 0,49% en mujeres con una cicatriz
previa.55 De acuerdo con el
National
Center for Health Statistics, la tasa
de desprendimiento en los EEUU en el periodo
1989-90 fue del 0,6% de todos los
nacimientos, sucediendo la muerte del bebé
en el 10% de los casos. En 2001, Ananth
et al.
encontraron una tasa de desprendimiento de
0,65%, con una tasa de mortalidad perinatal
de 11,5%. Aunque el 55% de estas muertes se
debió a un nacimiento prematuro, la tasa de
mortalidad para los bebés nacidos a término
en el grupo con menor mortalidad fue todavía
25 veces superior en casos de
desprendimiento.56 Compárese el
riesgo de sufrir estas complicaciones con la
tasa de rotura uterina en mujeres que
intentan el PVDC encontrado por Lydon-Rochelle
et al.
(0,6%) y la tasa de muerte fetal asociada a
la rotura (5%).
Aunque normalmente no
ponen el peligro la vida, existen otras
complicaciones a considerar para siguientes
embarazos. Se ha descrito un aumento en la
tasa de infertilidad secundaria tras una
cesárea, así como tasas superiores de aborto
y embarazo ectópico.55,58
Recomendaciones
¿Qué conclusiones pueden
sacar las mujeres y el personal sanitario de
este análisis del estudio del
New England
Journal of Medicine y de las
opiniones contradictorias que se están
exponiendo sobre la seguridad del PVDC?. Las
mujeres que están pensando en un PVDC no
deben cambiar sus planes sobre la base de un
único estudio y desde luego no en base a las
opiniones de Greene. Es importante discutir
las opciones con la pareja y el personal
sanitario para poder tomar decisiones bien
fundadas que sean adecuadas para cada mujer.
-
La asociación
International Cesarean Awareness Network
animan a las mujeres a que se eduquen a sí
mismas sobre todas las alternativas, como
doulas,
matronas, y parto en casa. Se pueden
encontrar más sugerencias en la lista de
ICAN, "Cosas que puedes hacer para evitar
una cesárea innecesaria", en
www.ican-online.org/info/white_papers/wp_uncs.htm
-
Dado el actual clima
político sobre el PVDC, es crítico que las
mujeres seleccionen a sus médicos o
matronas con precaución. Deben encontrar
un profesional cuya práctica se asemeje a
la clásica de las matronas. Muchos
profesionales atienden los deseos de una
mujer de tener un PVDC para ganársela como
clienta, y cambian de opinión a medida que
se acerca el final del embarazo. Ser
atendida por alguien que realmente cree en
el nacimiento y en el PVDC es el principal
factor a tener en cuenta para el éxito.
Recuérdese, además, que nunca es demasiado
tarde para cambiar de médico o bien el
lugar elegido para dar a luz. Hay mujeres
que se han marchado del hospital a mitad
del parto y han cambiado de médico o de
matrona incluso mientras ya estaban
pujando.
-
Las pruebas de este u
otros trabajos parecen suficientes para
concluir que la inducción del parto
incrementa el riesgo de rotura, aunque el
riesgo sigue siendo bajo. De todas
maneras, pueden darse casos en los que los
potenciales beneficios de un parto vaginal
compensen los riesgos de la inducción. Ya
que la inducción interfiere con el proceso
normal del parto y acarrea riesgos además
de la rotura, sólo debería practicarse en
hospitales equipados para atender
rápidamente una emergencia obstétrica.
Implicaciones para el modelo médico
Uno podría preguntarse
porqué este aparentemente incontrovertido
estudio ha suscitado tanta atención en los
medios y ha provocado tanto temor en el
corto periodo transcurrido desde su
publicación. La respuesta es que está siendo
usado como el más novedoso arma en la guerra
para controlar el acceso de las mujeres a
distintas opciones de nacimiento, ofreciendo
una poco convincente aunque manejable excusa
para limitar la incidencia de una práctica
que no les gusta a muchos médicos: el PVDC.
Los médicos huyen despavoridos ante los
riesgos del PVDC -no los mínimos riesgos que
tiene para las madres y los bebés, sino los
que tiene para ellos mismos.
El boletín práctico más
reciente del ACOG cita los juicios como el
factor principal para aproximarse al PVDC
con más precaución. El ACOG existe para
proteger y favorecer los intereses de sus
cirujanos, con la salud de las mujeres y los
niños como un objetivo importante, aunque
secundario. Siendo el actual presidente del
ACOG un reconocido defensor de programar una
primera cesárea sin mediar indicación
médica,59 resulta fácil de
imaginar que el péndulo de la opinión
obstétrica en los EEUU se está moviendo
hacia una mayor medicalización de los
nacimientos y más cesáreas innecesarias. De
todas maneras, es difícil culpar a los
médicos que trabajan solos por su renuencia
a continuar atendiendo PVDC. Cuando uno está
siendo atacado desde todos los frentes, la
respuesta más prudente es cubrirse. De todas
maneras los médicos tienen la
responsabilidad de ser honestos y
comunicativos con las mujeres sobre sus
razones para negarse a atender PVDC, en
lugar de transmitirles la falsa idea de que
están recomendando repetir la cesárea por
razones de seguridad.
El ACOG ha hecho
efectivamente muy difícil, incluso
imposible, para muchos médicos el continuar
atendiendo a las mujeres que desean un PVDC
recomendando que el PVDC tenga lugar sólo en
hospitales con disponibilidad inmediata y
permanente de médico, anestesista y
quirófano. Muchos hospitales de todo el país
están ahora negándose a permitir PVDC, y un
número creciente de médicos ya no ofrecen el
PVDC a las mujeres. Las mujeres de
poblaciones pequeñas son especialmente
vulnerables a perder el acceso a un PVDC en
el hospital, ya que los administradores
sopesan la rentabilidad y la exposición a
una demanda por negligencia y optan por
dejar que las madres y los bebés asuman
todos los riesgos. Los médicos particulares,
comunes en las zonas rurales de América,
entendiblemente no pueden permitirse
cancelar un día entero de visitas en el
consultorio para poder estar inmediatamente
disponibles durante toda la duración de un
PVDC, incluso aunque quisieran. Otros
médicos simplemente no están dispuestos a
perder su tiempo al lado de la parturienta.
Y si no están inmediatamente disponibles y
sucede una rotura uterina, se verán
envueltos casi con total seguridad en una
acción legal. Las matronas, que no están
cualificadas para la cirugía y por tanto
deben tener un cirujano fiable y dispuesto
que las respalde en el caso de una
emergencia, pueden encontrar incluso más
dificultades para apoyar a una mujer que
desee un PVDC. La ironía es que las mujeres
que quieren un PVDC obtienen pingües
beneficios al elegir matronas con un modo
"clásico" de cuidado prenatal y atención del
parto, reduciendo sus riesgos de repetir la
cesárea y otras complicaciones.
Quizá es hora de que los
obstetras se liberen a sí mismos de la carga
de los PVDC y de atender la mayoría de los
partos, para los que sus habilidades con el
bisturí no son necesarias. En los países con
las menores tasas de cesáreas y de
mortalidad infantil, los profesionales que
atienden normalmente a las mujeres
embarazadas son matronas.24 los
estudios muestran que las matronas consiguen
mejores resultados, con un menor uso de
material sanitario y menor número de
intervenciones, que los médicos. La atención
de las matronas está aumentando de nuevo en
los EEUU ya que un creciente número de
mujeres han descubierto que no sólo pueden
parir a sus hijos de modo seguro en compañía
de una matrona, sino que también se
benefician de un trato más personalizado y
centrado en la mujer durante un momento
crucial en sus vidas. El papel correcto de
los obstetras es el de apoyo de las
matronas.
De acuerdo con el médico
Marsden Wagner,
Tener a un
cirujano obstétrico altamente cualificado
para atender un parto normal es análogo a
poner a un cirujano pediátrico a hacer de
canguro de un niño de dos años. Las matronas
utilizan un paradigma diferente, no se
centran en una potencial anormalidad sino en
la normalidad del embarazo. Para una
matrona, un parto de nalgas es una variación
de lo normal, para un médico es una
condición patológica. Las tasas [de cesárea]
son menores cuando la que atiende el
nacimiento es una matrona en vez de un
médico. Promover más [cesáreas] forma parte
de una campaña para mantener a la profesión
obstétrica en el control del cuidado
maternal. Los médicos tienden a preferir la
tecnología; como dijo un destacado obstetra
canadiense: "La Naturaleza es una mala
obstetra."60
Por fortuna para las
madres y sus bebés, la naturaleza es también
una excelente matrona. Mediante la revisión
crítica de la información de los medios de
comunicación y las opiniones generadas por
estudios como el de Lydon-Rochelle
et al.,
las mujeres pueden separar
satisfactoriamente la parcialidad de una
profesión que intenta mantener su cuasi-monopolio
mediante la promoción de cirugía
innecesaria, de prácticas bien fundadas que
son el mejor respaldo de los nacimientos
naturales, normales y seguros.
Por Jill
MacCorckle
Publicado en
Mothering nº 110, Enero/Febrero de
2002
Traducción de
Cecilia Díaz
Martínez
Extraído
de Holistika.net |