Mi propósito...
Me he encontrado muy a menudo debatiendo temas relacionados con el parto,
la lactancia, el nacimiento, la crianza o la maternidad, aludiendo a
las implicaciones físicas o psicológicas de ciertas prácticas médicas
en el normal desarrollo de procesos fisiológicos que han sido (y siguen
siendo) milimétricamente perfeccionados por el continuum de la evolución
filogenética de la especie, para resultar óptimos en su funcionamiento
y en sus resultados.
Un médico amigo me confesó, tiempo
ha, que aún siendo "oficialmente" ateo, no podía por menos
que maravillarse de la precisión y eficacia del cuerpo humano, del perfecto
engranaje de sus "piezas" y sus funciones y del milagro de
la vida en todas sus dimensiones, observables en la naturaleza en general
y en el ser humano en particular. Él creía que ningún estudioso del
cuerpo humano podía dudar, en el fondo, de la existencia de la divinidad,
independientemente de la idea más o menos racional que uno pudiese tener
de lo que es o puede llegar a ser la "Divinidad".
Más allá de implicaciones teológicas o epistemológicas meramente anecdóticas,
con el tiempo me he dado cuenta de un pensamiento que, a modo de "insight",
se hacía cada vez más presente cuando hablaba, debatía o discutía con
alguien acerca de estos temas. Este pensamiento hace alusión a la profundidad
de las implicaciones que puede tener la manera de gestar, de parir,
de nacer y de criar, que van sin duda más allá de las consecuencias
más o menos superficales, más o menos profundas y más o menos determinantes,
que ciertas prácticas médicas y/o culturales pueden tener en el día
a día de madres e hijos. Muchos de estos "insights" tomaron
forma cuando comencé, hace ya bastante tiempo, a interesarme, entre
otros, por los escritos de Michel Odent. Su frase "Para cambiar
el mundo es necesario cambiar la forma de nacer" me resulta, de
entrada, altamente significativa. En muchas de sus obras se analizan
las implicaciones de la forma de nacer, no ya en la salud física o psicológica
de una madre que da a luz o de la criatura que es "dada-a-luz"
sino, a mucho más largo plazo, en la evolución de la propia especie.
A medida que uno profundiza en el gran número de estudios, obras, opiniones
y, sobre todo, evidencias que rodean a estos temas, acierta a vislumbrar,
al menos mínimamente, el entramado de conexiones, implicaciones y relaciones
causales que se pueden establecer entre temas "aparentemente"
desconectados (o que ciertas prácticas médicas, culturales y/o educativas
nos hacen percibir como "desconectados"). El miedo, la ignorancia,
la confianza ciega en el otro (médico, matrona, pediatra... llamémoslo
"x") que no revela sino una desconfianza basal en un@ mism@,
nuestros lastres educativos o familiares, las presiones sociales y un
gran número de factores pueden estar detrás de la pérdida de la conexión
con nuestra faceta mamífera, esa que nos ha capacitado para gestar,
parir, amamantar y críar-en la mayoría de los casos- sin mayores complicaciones.
Una experiencia que podría ser intensa, catártica, orgásmica, gloriosa,
se convierte, en muchas más ocasiones de las que debiera, en una "mala
experiencia" o, cuando menos, en una "horita corta",
o en un proceso despersonalizado y anestesiado cuyas implicaciones a
corto y a largo plazo no somos capaces de entender. Un "no lo cojas
en brazos que se acostumbra" o un "ya va siendo hora de que
l@ destetes", entre un sin fin más de frases típicas, tópicas y
estereotipadas, pueden ayudar a que la crianza deje de fluir como un
proceso natural, donde todo tiene su porqué y su razón de ser, para
convertirse en un guión donde hasta la introducción de un alimento tiene
su momento exacto y su cantidad recomendable.
Shamandala pretende ser un punto de encuentro para el intercambio de
información y de experiencia. Con Shamandala pretendo aportar mi granito
de arena para promover un parto digno y respectado, un nacimiento sin
violencia, una mejor compenetración con nuestra faceta mamífera y una
crianza dichosa.


