entrevista a frederick leboyer
En su investigación personal, decidió renunciar
voluntariamente a sus funciones y a tus títulos para consagrarse a
escribir libros, a hacer vídeos y propagar la idea de que es posible otro
nacimiento que sobrepasa la limitada dimensión médica.
P: Pregunta.
R: Respuesta.
P: El nacimiento me parece el ejemplo tipo de suceso único en el tiempo,
de un hecho absolutamente no reproductible. ¿Algo que desafía la
aproximación científica?
R: Ciertamente. Cada instante es nuevo, cada nacimiento es distinto.
Quererlo abordar científicamente es un error. Como la ciencia solo se
interesa por los hechos reproductibles, está por su esencia misma alejada
de la verdad. Sólo es posible aproximarse a la verdad mediante símbolos,
parábolas, ya sean cristianas o de las otras mitologías, incluso las que
empleaba Freud. Cuando la aproximación científica no funciona,
desgraciadamente, pensamos que hacen falta más conocimientos, más
investigaciones, más créditos y que entonces sabremos. Hay que tomar otro
camino, otra actitud, otra perspectiva. Hay que considerar que la ciencia
sólo es verdad entre ciertos límites. Más allá, ¿qué somos? Lo ignoramos.
Pero vivimos aún en esta ilusión del siglo XVIII y XIX que pretende que la
ciencia podría finalmente explicarnos todo.
El nacimiento es un cambio de nivel. Y es por ello que hay que dejar de
verlo como un problema médico, biológico, fisiológico. No hay que mirarlo
con nuestros ojos de médicos, ni de seres humanos. Es otro lenguaje, otra
dimensión, como la muerte. El nacimiento es una intersección de la
duración, una entrada en el tiempo cotidiano, ordinario.
P: ¿Dónde empieza y dónde acaba?
R: Es el problema del tiempo. ¿Dónde comienza el tiempo?
Entreveo cada vez más, sin entenderlo completamente, que todo lo que he
escrito sobre el nacimiento se aplica de hecho también a la muerte. Es la
muerte que estoy intentando contar, comprender, adivinar. No es un
paralelismo lo que veo entre ellas ni una simetría, sino otra cosa.
Pienso que este miedo intenso del nacimiento, que es a la vez el que vive
la madre y el que vive el bebé, tal vez es el miedo de su muerte
precedente.
El miedo es el problema central. Y en cada uno de nosotros existe un
agujero negro, una zona en la cual no queremos ir de ningún modo.
Ignoramos su existencia; hasta tal punto es aterradora. Pero hay que
aproximarse a ella suavemente, con persistencia.
P: ¿Cómo hacer para desembarazarnos de esto?
R: La única forma de liberarnos es tener miedo. Pero, habitualmente,
tenemos miedo de tener miedo. Hay que aceptarlo e ir a ver. Alguien puede
ayudar por su presencia, su tranquilidad interior, puede ayudar a daros el
coraje para entrar en los miedos. Es muy peligroso y no creo que esto se
pueda hacer en un seminario que dura de 2 a 3 días. Hay que vivir
completamente cerca de un maestro que se volverá vuestro padre y vuestra
madre, que está ahí, noche y día, y que nunca os dejará solos, pero de
hecho estáis completamente solos, puesto que en el fondo la muerte es la
soledad. Pocas personas tienen la capacidad, la fuerza, la disponibilidad,
el amor y la motivación interior para asumir una responsabilidad tan
importante. Hay que tener cuidado de a quién nos dirigimos.
P: ¿Nos falta un poco de discernimiento?
R: Todos tenemos una falta de discernimiento. Si pudiéramos juzgar a
las personas que pueden ser capaces de ayudarnos a este nivel, ya no los
necesitaríamos. Tenemos derecho a equivocarnos, pero esta equivocación
puede ser peligrosa.
El hombre también tiene miedo aunque no lo sepa siquiera. Sus miedos son
tan fuertes, tan profundos, tan escondidos en el fondo del subconsciente
que tenemos miedo de confesárnoslos. Es preciso hacerlo. Observé que tras
mis conferencias y las proyecciones de mis películas, siempre son los
hombres los que plantean las preguntas. Lo esencial de la angustia vivida
durante el embarazo es angustia del hombre que la mujer absorbe
inconscientemente. Esta angustia es mucho mayor en el hombre que en la
mujer porque la vida pasa a través de la mujer y no a través del hombre.
Los hombres nunca conocerán esto, y esto es algo para ellos inadmisible,
inaceptable. Es lo desconocido absoluto, un misterio incomprensible, un
terreno en el cual nunca podrán aventurarse. Su mente lo interpreta
completamente diferente de lo que lo hace la mujer.
P: Si la mujer es receptiva a la angustia del hombre, éste tiene
pues un gran papel que jugar desde el nacimiento y antes, en la
preparación para colocar en el mundo a un niño.
R: Habría incluso que decir que la mujer debería protegerse de su
hombre... ¡No!. Si se protege de él, se corta de él y no debe hacerlo. A
partir del momento en que se encuentra fuerte, a partir del momento en el
que ha ampliado sus raíces o toca su fuente, puede percibir de forma
diferente la angustia de su marido, que es la angustia de su infancia y de
su nacimiento. Puede suavemente atraerla, pacificarla, calmarla,
liberarla. Una mujer es a la vez la hija, la hermana, la madre de su
marido y, mucho más aún, un baile en el cual los papeles, las polaridades
cambian, se invierten. Por el hecho mismo de que esta angustia sea
aceptada, mientras que había sido negada por la madre del marido,
desaparece.
P: ¿Cómo puede intervenir el padre en la relación madre-feto?. Pienso que
debe ser con mucho amor, con una gran aceptación del uno y del otro.
Debería dejar que las cosas sucedieran, incluso si no comprende siempre lo
que sucede.
R: Es decir, que debería desaparecer y esto es lo que le aterroriza.
El hombre siente que su mujer ya no está ahí completamente con él. De
pronto, aparece un intruso en su pareja. Tiene la impresión de perder a su
mujer, de ser engañado o relegado.
El hombre debería aceptar porque no tiene otra opción. Debería tener la
sabiduría de dejar que su mujer se fuera con ese amante perfecto,
absoluto, que se encuentra en su vientre.
Una amiga que tuvo dos hijos me dijo estas palabras maravillosas: “cuando
una mujer espera un bebé, a partir de un cierto momento, entra en un
estado extraordinario, ya no espera nada, está llena”. En la vida,
esperamos siempre algo, un libro, una película, un amante, un hijo... Ella
había salido de la duración, en la medida en que estaba completa. Este
estado de plenitud donde por fin no esperamos nada porque nada falta es
indescriptible...
P: Sin duda nos acercamos a la experiencia mística...
R: Exactamente. Los hombres intentan revivir lo que le sucede naturalmente
a la mujer. No pueden lograrlo más que volviendo a su propio nacimiento
puesto que ellos mismos no pueden dar a luz. Todos los caminos iniciáticos
son retornos al seno de la madre para revivir este estado de fusión total.
P: Para que la mujer pueda vivir plenamente esta dimensión ¿no sería
preciso que parte de estas preocupaciones terrestres de orden psicológico
o médico puedan ser olvidadas o apartadas?
R: No. Cuando estáis enamorados, ¿acaso os ocupáis de vuestra
fisiología? No necesitáis nada, nada os afecta. Muchas mujeres que he
encontrado han vivido así su embarazo a partir del quinto o sexto mes.
Estaban en un estado de gracia.
P: ¿Eran fortalezas?
R: Sí, nada podía afectarlas, nada podía sucederles. El marido tiene
dificultades para soportar estos embarazos bendecidos, maravillosos. No
soporta no poder seguir a su mujer, no poder vivir lo que ella vive.
Entonces, si no llega a integrarlo o a comprender su angustia, busca poner
en práctica todo el arsenal de lo racional –la genética, la higiene, la
asepsia, etc...– para luchar contra ella. Todos estamos ahí. Comprender y
comenzar a entrever qué mecanismos se encuentran detrás de esta angustia
ayuda a liberarnos de ella.
P: ¿Qué sucede en la conciencia de una mujer en el momento del parto?
R: La mujer que ha tocado las profundidades de sí misma deja de
estar limitada en su cuerpo durante el parto. De golpe se vuelve una, con
la Madre Divina, es decir, con la vida, con la tierra. Percibe que algo
sucede a través de ella. El miedo de la gran experiencia iniciática donde
de golpe se caen los nudos del pequeño yo mental. Esta fantástica
ampliación del campo de conciencia da tanto miedo que la mujer se defiende
de ello desesperadamente. Se agarra a cualquier cosa. Está ahogándose y
entonces es preciso que una persona que ya haya vivido esto, que ya se
haya ahogado, tenga el coraje de decirle “ahógate”, que la deje ahogarse,
morir. Pero a menudo se muere ante nuestros ojos: he visto a mujeres
volverse blancas, verdes, tener sudores fríos, su cara se hundía como la
de una agonizante. Han pasado por la muerte, después han
vuelto a la vida.
P: Debe ser extremadamente difícil no hacer nada en estos casos.
R: Muy difícil, imposible incluso, en la medida en la que no habéis
revivido y sobrepasado vosotros mismos esta angustia. Es por eso por lo
que los médicos tienen pánico. Porque nunca han rozado estas cosas y se
cierran en cuanto afloran. Entonces hacen una perfusión, hacen cualquier
cosa, se agarran a la técnica para no revivir sus propias angustias del
nacimiento. La acción desanuda siempre la angustia. En el fondo, el que
asiste a un nacimiento difícil o peligroso, durante el cual se aproxima
desde muy cerca de la muerte, comienza a ver surgir su propia angustia
ante la muerte y dice: “Señora, su niño está en peligro” y hace algo para
aliviar su propia angustia.
Pero cuando una mujer vive esta experiencia hasta el final, ¡qué
transformación!. Una amiga que la vivió en su tercer hijo me dijo después,
que este niño era verdaderamente su primer parto, que lo había vivido de
cabo a rabo porque había descendido al fondo del abismo y había remontado.
Su vida se transformó después completamente.
P: ¿La tecnología moderna no es peligrosa? o ¿no aporta un peligro
suplementario en la medida en que encuentra siempre nuevas astucias para
evitar afrontar esta angustia?.
R: Absolutamente. Hay que aceptar esta dimensión de la angustia y de
la muerte. Cuanto más se le da la espalda, más presente está. Estar vivo
es aceptar la muerte que es siempre posible. Negarla a cualquier precio
nos conduce directamente al “mejor de los mundos”. Creemos que es la falta
de hospitales, de dinero, de monitorización, lo que impide alcanzar el 0%
de mortalidad. Pero es una ilusión creer que podríamos llegar a ello. No
quiero con esto decir que deberíamos ser fatalistas. El hacer o el no
hacer es difícil. Lo que no impide que el médico juegue su papel: no debe
dejar morir a sus pacientes. Pero debe aceptar también esta dimensión del
fracaso y hacer que la gente la comprenda.
P: ¿A partir de qué momento el niño está vivo? La respuesta a esta
pregunta parece condicionar la actitud que se toma con relación a él.
R: ¿A qué llamáis vivo? ¿Físicamente vivo? Entonces está vivo desde
la concepción, desde el instante en que el espermatozoide entra en el
óvulo, donde se produce la mitosis. Todo esto está vivo, se mueve, se
transforma.
P: No hay discontinuidad de la vida en la división celular, ya sea en una
bacteria o en un ser humano, pero hay un momento donde aparece la
conciencia.
R: Tengo que ser honrado en esto y os responderé que no sé nada,
puesto que no deberíamos responder más que en el nombre de nuestra
experiencia personal. Dicho esto, parece que habría una conciencia antes
incluso de la concepción, pero no sé nada de a qué podemos ligarla
materialmente.
P: Tal vez existe, pero no se encarna más que en un cierto momento.
R: Lo ignoro. Es muy peligroso abordar este tema con el lenguaje
hasta el punto de que Buda mismo se negaba a responder. Debo contentarme
con citar anécdotas que nos aproximan un poco a la comprensión del buen
nacimiento que he intentado describir.
Tomemos las cosas al revés. ¿Qué sucede después del nacimiento? Vemos que
para el niño, el hecho de nacer es hasta tal punto intolerable que se
niega a nacer de todas las formas posibles. Lo niega con su cuerpo, cierra
los puños, los ojos. No está ahí. Simbólicamente sigue siendo un feto.
¿Cómo vencer su miedo al mundo? El miedo desaparece desde el momento en
que se pueden encontrar referencias. El miedo absoluto es lo desconocido
absoluto, de ahí la importancia del baño. Reencontrando este elemento
acuático, el niño vuelve a revivir una percepción ya conocida y familiar.
Pero hay que hacerlo entrar en el baño extremadamente lentamente,
empezando por los pies, hacerle revivir su nacimiento a la inversa. El
gesto, la respiración, deben ser continuos. El niño entra en el agua,
retorna al seno materno. Es a la vez nacido y no nacido. No
nacido puesto que está de nuevo en esa relajación absoluta y nacido puesto
que ya no está en el útero. Entonces, empiezo a masajearlo muy suavemente
y se ve que empieza a mirar. No se contenta con abrir los ojos, mira. De
la misma forma, se puede uno preguntar sobre cuando el niño está ahí
durante el embarazo. Una mujer sensible que ha hecho un cierto trabajo
sobre sí misma lo percibe. Os citaré el maravilloso testimonio de
Francoise Dolto. Cuando esperaba a su primer niño, un día, al remontar la
calle se encontró de pronto persuadida de que alguien la seguía, pero no
había nadie. Siguió andando y después de unos minutos tuvo la misma
impresión, se volvió y no encontró a nadie. Al cabo de 4 ó 5 veces de
tener esa sensación, comprendió que era su niño. Estaba aproximadamente en
su sexto mes de embarazo. A partir de este momento supo que alguien estaba
ahí.
Desgraciadamente, es poco frecuente que las mujeres sean tan
conscientes de lo que sucede durante su embarazo. En la escuela les han
hecho cultivar el cerebro izquierdo únicamente y han sido cortadas de esta
dimensión no ya instintiva, sino intuitiva.
P: Pero ¿a parte de estos casos excepcionales...?
R: En general, hacia el quinto mes, la mujer siente que el niño está
vivo. Se mueve, da golpes con los pies, posee un hígado, un cerebro, etc.,
pero no está ahí de la misma forma. Las diferentes tradiciones religiosas
colocan la entrada del alma en el cuerpo del niño en edades diferentes...
En el fondo, el momento en el que el niño nace es cuando la mujer lo
siente, no físicamente por sus movimientos, sino cuando percibe su
presencia. A partir de este momento, debería darle como mínimo un ¼ o ½
hora de escucha todos los días. Aconsejo a las mujeres embarazadas
encerrarse en una habitación, solas, y decir a su hijo: “estoy aquí,
ahora, te escucho”. Si no se hace, no lo escuchará jamás.
P: Nacer es nacer al mundo, es estar en el mundo. En tanto en cuanto el
niño no lo ha reconocido o no ha aceptado el mundo ¿ha nacido realmente?.
R: No lo sé. Pero podemos decir que cuando el niño ha aceptado su
nacimiento está aquí. Antes está vivo. Ha salido de su madre pero no está
aquí. Para hacerle aceptar su nacimiento hace falta mucho amor,
desinteresado, amor neutro que no pide nada.
P: ¿Se termina el nacimiento?
R: ¿De qué nacimiento hablamos? Hay el nacimiento de un niño, es
decir, su venida al mundo. Una mujer pare un bebé que sale de ella. Pero
también hay el nacimiento, el renacimiento personal.
Recuadros:
1)
Si debo permitirme decir esto que digo es porque en un momento me negué a
continuar jugando el juego. Envié mi carta de dimisión al colegio de
médicos. Permaneció seis meses en mi despacho. Tenía realmente miedo. Y un
día me dije “vamos, quítate las ataduras, ya no soy médico puesto que
encuentro tan inaceptable la estructura social, política, mental,
psicológica en las que se nos exige que funcionemos. Y me salgo de ella”.
Ya no formaba parte de este mundo médico que juega con reglas
completamente equivocadas. Me convertí en un hippy.
2)
Cuando publiqué “Por un nacimiento sin violencia” el público habló del
método Leboyer, como de una receta. Pero no es una receta. La receta nos
asegura en el tiempo pero nos priva de la creación. Es preciso inventarlo
todo. Este libro no hablaba del parto: contaba la aventura del nacimiento.
Leboyer no es un método, no es el agua caliente, el baño, los masajes,
etc., es el amor. Es lo que hace que de golpe se ame y que se sepa que
somos amados correspondientemente, como retorno. Eso es lo que quería que
comprendiérais.
3)
Venir al mundo es encontrarse sumido en un gran río, sumido en un flujo
poderoso. El parto es como atravesar una tempestad. El niño es frágil,
busca dolorosamente el paso, corriendo el riesgo de naufragar a cada
instante.
(Extraído de
HOLISTIKA.NET)