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Nacer, simplemente.

Mary Gibbons

MARY GIBBONS es madre de icuatro niñas: Nora (8 años), Molly (6 años), Maggie (4 años) y Cate (18 meses).

J Perinat Educ. 2006 Summer; 15(3): 3–5.
doi: 10.1624/105812406X118968.
En la actualidad, mucha gente está deseosa de simplificar sus vidas. Quieren simplificar sus hogares,  reducir sus posesiones y racionalizar sus agendas. Una de las mejores cosas que he hecho para simplificar mi vida fue decidir dar a luz en casa.

Mi cuarta hija, Cate, fue la segunda de mis hijas en nacer en casa. Cuando descubrí que estaba embarazada, en abril del 2004, mi marido Rob y yo contactamos inmediatamente con mi comadrona, Miriam. Toda la familia estaba contenta de verla de nuevo. Mis dos hijas mayores, Nora y Molly, recordaban su participación en el nacimiento de su hermana pequeña, Maggie, y adoraban la forma en que Miriam les permitió sentirse parte de un proceso tan increíble. 

Al enterarnos de que mi cuarta hija venía en camino, Rob y yo decidimos mudarnos. Compramos una casa nueva que necesitaba importantes reformas, Nora comenzó el primer curso en un colegio nuevo, Molly empezaba el colegio y Maggie acababa de cumplir dos años —por lo que fue un alivio que Miriam viniera a casa para las visitas prenatales. [...] En nuestro caso, las visitas duraban unos 45 minutos, y en ellas se trascendían los aspectos médicos para ser, más bien,  experiencias de unión. Las visitas en casa establecieron las bases para el bellamente sencillo nacimiento de Cate. Nos gustaba hablar y a las niñas les gustaba enseñarle a Miriam sus últimos tesoros o dibujos. La ayudaban a oír el corazón del bebé o a tomarme la tensión —las visitas en casa les permitieron ser parte de todo el proceso. No había ninguna espeluznante consulta médica con una gran mesa y montones de gente con batas blancas. Sólo yo misma, Rob, las niñas y Miriam en nuestra casa, con nuestros bártulos, nuestro té y nuestras galletas. Nada de contratar a una niñera o de meter a las tres niñas en el coche de camino a la consulta; nada de intentar hacer que tres niñas se estuvieran quietas en la sala de espera o en la consulta.  Sólo intimidad y confort. Hablar de simplificar. Aunque Mirian me lo ofreció, yo decliné cualquier prueba, así que no hubo análisis mensuales de orina, nada de pruebas de glucosa, ni pruebas genéticas o sonogramas. Simplemente Miriam escuchándome, escuchando a mi bebé y a mi familia.

Una de las mejores cosas que he hecho en mi vida para simplificarla es decidir dar a luz en casa.

Cuando Miriam nos visitaba, las niñas planteaban sus preguntas y dudas. Yo dejé que su curiosidady sus deseos determinaran su nivel de participación. Nora preguntó si podría estar presente cuando el bebé naciera. Ella estaba todavía enfadada por no haber podido ver nacer a su hermana Maggie. A mí me pareció bien, y ella me pidió que si me ponía de parto de noche o mientras ella estaba en el colegio, quería estar presente cuando el bebé naciera. No le importaba no estar durante el trabajo de parto, sino simplemente para ver al bebé nacer. Molly, mi hija de 4 años, no quería ver nada de sangre, quería que alguien fuese a buscarla cuando el bebé ya estuviera limpio. Maggie, la de dos años, horrorizada ante la idea de que los bebés nacían desnudos, sólo quería que la llamaran cuando el bebé estuviera vestido. Cumplimos los deseos de todas y cada una de ellas cuando Cate nació. Creo que esta fue una de las claves de hacer de la transición algo sencillo[...] No hubo celos ni resentimientos entre las niñas cuando su hermana nació. Todas disfrutaron, y disfrutan de su hermana 16 meses después. Este hecho también simplificó enormemente las cosas.

Después de nueve meses de renovaciones y asentamiento, finalmente llegó diciembre. Todavía quedaba mucho que hacer en la casa para la fecha en que salía de cuentas [...]  Una noche me levanté para ir al baño a la una de la mañana y me encontré con uno de los pintores terminando el salpicadero de la cocina. El hecho de pasar tanto tiempo pendientes de tener lista la casa, hizo también las cosas mucho más simples y no dejó mucho tiempo libre para prepararnos para el bebé [...] 

A medida que se acercaba la fecha del parto comencé a preocuparme, no porque la casa no estuviera preparada, sino porque mi matrona, mi marido y mi madre (mi doula) no pudieran llegar a tiempo. Rob tendría que venir de Manhattan y Miriam y mi madre de Brooklyn, a más de 45 minutos de distancia.  Lo organizamos de tal modo que mi madre venía a ayudarme a casa la semana antes de salir de cuentas. De ese modo, ella estaría en casa si me ponía de parto de día y Rob si me ponía de parto de noche. No me quedaba más que esperar y confiar en que sabría cómo tener al bebé y que el bebé decidiría venir cuando estuviera listo para hacerlo.

Afortunadamente, las obras en casa terminaron unos días antes de que Cate naciera. Era una noche lluviosa, uno de esos días en los que piensas que nunca va a acabar de llover. Rob acostó a las niñas y yo traté de dormirme, pero no estaba a gusto [...]  Me sentía enorme y desagradablemente embarazada.  Al rato una contración me hizo saltar de la cama, Rob se levantó y dijo que iba a llamar a Miriam y a mi madre. Le dije que esperáramos, que no estaba segura de que el parto estuviera comenzando.  [...] Diez minutos después, otra contracción. Rob llamó a las dos mujeres. "Lo peor que puede pasar es que se tomen una taza de té y tengan que volverse a casa." Sin estar totalmente convencida de su razonamiento, me levanté de la cama y me puse a pasear por el dormitorio.   Cuando Rob me vio sacudir las manos (señal en mí de que se acerca una contracción) llamó a su madre y a su hermana para que estuvieran con las niñas en caso de que se despertaran. Llegaron en un par de minutos. Durante tres cuartos de hora, desde las 23:00 hasta las 23:45, aproximadamente, estuve caminando. Caminaba de la cocina al salón, del salón al dormitorio, del dormitorio a la cocina [...] La casa estaba a oscuras y en silencio. Las niñas dormían en el dormitorio contiguo al mío. Mi cuñada estaba sentada mientras mi suegra rezaba el rosario. Rob me observaba, me traía agua y me daba ánimos. Todo era tranquilo y sencillo. Un bebé estaba a punto de nacer.

Cerca de la medianoche, mi madre llégó seguida de Miriam. Miriam atravesó la  puerta, asomó la cabeza, me miró y dijo "Estamos de parto". No era capaz de decirle cuándo empezaban y terminaban las contracciones, sólo sabía que la cosa iba rápido. No hubo necesidad de que Miriam comprobara mi dilatación [...] Maggie nació a mediodía. El sol brillaba y yo hacía bastante ruido. Este parto fue a medianoche. Todo estaba oscuro y yo permanecía en silencio.

Llegó el momento de despertar a Nora, llegó en el justo momento en que rompía aguas. Nora se sentó junto a mi madre en la silla frente a mi cama. Miriam sugirió que me tumbara en la cama y, con bastante dificultad, traté de hacerlo, pero no parecía haber manera de que mi cuerpo aceptara estar tumbado. Apenas unos segundos después de que me subiera a la la cama, apareció la cabeza.

Pensé que ya estaba hecho lo más difícil, pero entonces... "Ohhh", grité, "Esto duele." "Son los hombros", me dijo Miriam. Una vez hubieron salido, el resto de Cate [...] se deslizó afuera [...] Di un grito de felicidad, otra niña. Nora saltó en la cama y, segundos después, fue a despertar a sus hermanas.  La abuela y la  tía Patty vinieron. Eran las 12:29 a.m. Hacía menos de dos horas me hallaba pensando que estaba desagradablemente embarazada y ahora mi bebé estaba tumbado en medio de la cama rodeado por su familia. No importa cuantos hijos haya tenido, nunca dejaré de experimentar ese sentimiento de total reverencia ante el hecho de que un ser que hace unos minutos estaba dentro de ti salga de ti, un bebé emerge de ti. Admiramos a Cate. Le di el pecho y bebimos champán. Una hora después, había expulsado la placenta y Cate estaba vestida. Miriam me ayudó a ducharme, mi madre cambió las sábanas y mi suegra salió a comprar pañales y algo que picar. 

Cerca de las tres de la mañana Miriam se fue a casa y Maggie, Nora y mi madre se fueron a la cama. Rob se tumbó y cayó profundamente dormido. Cate estaba dormida entre nosotros. Pero ni Molly ni yo pudimos conciliar el sueño. Yo estaba en la noche-post-bebé (ese sentimiento por el que parece que estás en la cima del mundo y que eres capaz de hacer cualquier cosa) [...] Molly estaba junto a su hermana, sonreía y la acariciaba. "¿Puedo dormir a los pies de la cama esta noche, mamá?", preguntó. "Quiero mirar a Cate y tocarla. Es como si fuera un sueño." Fue como un sueño para Molly ser despertada en mitad de la noche con 4 años para ver a un recién nacido en la habitación contigua. ¡Qué sueño tan maravilloso!

Y esta es la sencilla historia del nacimiento de Cate. Un bebé nacido en mitad de la noche. Un bebé nacido en casa y rodeado de su familia. Un bebé nacido de la manera más natural. Tam simple como todo esto.