
Llegaste a mi vida, Hijo, como un Milagro.
Como llegan los Maestros que acuden sin ser llamados;
Llenándola de Noches-En-Vela y de Objetivos.
Llegaste a mi vida, Hijo,
Con paso firme y ojos abiertos.
Y en su claridad grisácea comprendí
Que Nunca-Jamás volveríamos a estar solos.
La primera vez que te dormiste en mi pecho
Me hiciste Madre,
Porque la maternidad es un Estado del Alma
Que no consistió en parirte o engendrarte.
Yo no lo sabía
Y tú me lo enseñaste.
Cuando llegaste a mi vida, Hijo, me mostraste,
Cuán pequeña y fugaz es la memoria,
Que apenas tiene espacio para guardarte,
Para almacenar todos tus gestos, tus miradas,
Tu risa y tu llanto.
Y cuán grande, sin embargo, es mi regazo, cuán confortable,
Que siempre tiene espacio para tus cuentos.
Cuando llegaste a mi vida, Hijo,
Me llenaste de tanto Amor,
Que no existen verbos, ni palabras, ni silencios, ni versos,
Con los que pueda contarte, Hijo,
Lo que Te Quiero.
Porque tenerte es vivir de nuevo.
De nuevo nacer.
De nuevo ser niña.
Navegando en tus ojos comprender
Lo que fui,
Lo que soy,
Lo que seré.
Partirás un día, Hijo,
También eso me enseñaste.
Porque tienes tus propios caminos y tus propias ansias.
Pero siempre sabrás que los brazos que convertiste en refugio de tus
sueños
Te estarán esperando.
Y yo siempre sabré
(me lo enseñó la claridad gris de tu mirada)
Que Nunca-Jamás volveremos a estar solos.

He aquí que tu
dulce palabra ha sido oída
cuando estaba, en la angustia, por no ser repetida.
En tu estupor, dichosa, te tocas sin querer,
y yo, venido a menos, no lo puedo creer.
¡Ah, tú!, bien que en su noche mi fe te entreveía
como la luz del día;
por algo, desde lejos, el viento del destino
me trajo a tu camino.
Yo dije: —Tengo el alma como una piedra dura,
y la piedra, arrojada, cayó en el agua pura.
Lo mismo hubiera sido
que cayera en el polvo del olvido...
¡Oh, no!, por algo grande tu corazón profundo
con toda mi tristeza me sentía en el mundo;
por algo que era santo mi vida fue esperada,
y la tuya, tan suave, para siempre entregada.
Desde que sé, oh amiga, que llevas el misterio,
tu nombre es la caricia de mi semblante serio;
del corazón me vienen palabras de alabanza,
y las manos me tiemblan ligeras de esperanza
-mis manos, como niños que ríen olvidados
después de haber llorado.
Pienso vivir en calma; deseo ser más justo;
quiero quererte siempre; y he aquí que otro gusto
le siento al pan del día, que no en vano se besa,
y al agua del aljibe, y al vino de tu mesa.
Tengo los ojos nuevos, y el corazón. Admiro
las cosas más humildes, y te miro y te miro
sin hablar.
¡Oh, todo por el hijo que tengo que esperar!
Esperar... Es tan dulce la espera acompañada
para quien, siempre solo, nunca ha esperado nada.
Todo en la casa es suave; todo en la casa es santo.
Tu canto, lento y fácil, es un sagrado canto.—
Hay un olor de espiga en mis libros leídos
y olor a santidad en tus vestidos—.
Tu andar, por lo que llevas, se ha vuelto silencioso.
Y en todo sitio dejas tu bienquerer ufano,
que se te pierde solo, como arena en la mano.
Oh, sepan los que sufren de lo que yo he sufrido,
cómo mi vida es mansa con lo que se ha cumplido;
cómo el milagro antiguo de Moisés y la roca
inesperadamente se repitió en mi boca;
porque en mi boca, amigos, esta palabra pura
es como el agua clara sobre la piedra oscura.
Oh, sepan los que tienen una tristeza vieja,
cómo el feliz anuncio desbarató mi queja,
y me dejó lo mismo que saco ceniciento
desempolvado al viento.
Oh, sepan los que llevan al cuello desventura,
cómo en un solo día se perdió mi amargura.
Oh, sepan cómo es fuerte mi mano apresurada,
que quiere hacerlo todo, sin saber hacer nada;
cómo mi voz es dulce, después que fue tan grave;
cómo mi amor es simple; cómo mi vida es suave...
Mujer: en un silencio que me sabrá a ternura
durante nueve lunas crecerá tu cintura;
y en el mes de la siega tendrás color de espiga,
vestirás simplemente y andarás con fatiga.—
El hueco de tu almohada tendrá un olor a nido,
y a vino derramado nuestro mantel tendido.—
Si mi mano te toca,
tu voz, con la vergüenza, se romperá en tu boca
lo mismo que una copa.
El cielo de tus ojos será un cielo nublado.
Tu cuerpo todo entero, como un vaso rajado
que pierde un agua limpia. Tu mirada un rocío.
Tu sonrisa la sombra de un pájaro en el río.
Y un día, un dulce día, quizá un día de fiesta
para el hombre de pala y la mujer de cesta;
el día que las madres y las recién casadas
vienen por los caminos a las misas cantadas;
el día que la moza luce su cara fresca,
y el cargador no carga, y el pescador no pesca...—
tal vez el sol deslumbre; quizá la luna grata
tenga catorce noches y espolvoree plata
sobre la paz del monte; tal vez en el villaje
llueva calladamente; quizá yo esté de viaje...—
Un día, un dulce día, con manso sufrimiento,
te romperás cargada como una rama al viento.
Y será el regocijo
de besarte las manos, y de hallar en el hijo
tu misma frente simple, tu boca, tu mirada,
y un poco de mis ojos, un poco, casi nada...
