El último tabú
(Carlos González)
Nuestra
sociedad parece muy tolerante porque muchas cosas que hace cien
años estaban prohibidas se consideran ahora completamente
normales. Pero si nos fijamos mejor, también hay cosas que hace
cien años eran normales y que ahora están prohibidas. Tan
completamente prohibidas que hasta nos parece normal que sea
así, tan normal como a nuestros bisabuelos les debía parecer su
sistema de tabúes y prohibiciones. Muchos de los antiguos tabúes
se referían al sexo; muchos de los actuales se refieren a la
relación madre-hijo, para desgracia de los niños y de sus
madres. Por ejemplo, la palabra «vicio» se usa ahora en una
forma totalmente diferente a como la usaban nuestros abuelos.
Casi todo lo que entonces era «vicio» ha dejado ahora de serlo.
Beber, fumar o jugar son ahora enfermedades (alcoholismo,
tabaquismo, ludopatía), con lo que el pecador se ha convertido
en víctima inocente. La masturbación, el «vicio solitario» que
tanto preocupaba a médicos y educadores, se considera normal. La
homosexualidad es simplemente un estilo de vida. Hablar de vicio
en cualquiera de esos casos se consideraría hoy un grave
insulto. Hoy en día, sólo se llama vicio a algunas inocentes
actividades de los niños pequeños: «Tiene el vicio de morderse
las uñas. » «Llora de vicio. » «Si lo coges en brazos, se va a
enviciar. » «Lo que pasa es que está enviciado con el pecho, y
por eso no se come la papilla. » Si todavía tiene dudas sobre
cuáles son los verdaderos tabúes de nuestra sociedad, imagine
que va a su médico de cabecera y le explica una de las
siguientes historias:
1) «Tengo un niño de tres años y vengo a ver si me hace la prueba del sida, porque este verano he tenido relaciones sexuales con varios desconocidos. »
2)«Tengo un niño de tres años y fumo un paquete al día. »
3)«Tengo un niño de tres años; le doy el pecho y duerme en nuestra cama. »
1) «Tengo un niño de tres años y vengo a ver si me hace la prueba del sida, porque este verano he tenido relaciones sexuales con varios desconocidos. »
2)«Tengo un niño de tres años y fumo un paquete al día. »
3)«Tengo un niño de tres años; le doy el pecho y duerme en nuestra cama. »
¿En cuál
de los tres casos cree que su médico le echaría la bronca? En el
primer caso, le dirá «ah, bueno» y le pedirá la prueba del sida
sin pestañear; todo lo más le recordará educadamente la
conveniencia de usar el preservativo, lo mismo que en el segundo
caso le explicará que el tabaco no es bueno para la salud (y si
el médico también fuma, no le dirá nada de nada). Nadie la
increpará: «¡Pero qué descaro, cómo se atreve, una mujer casada,
una madre de familia!» ¿Y en el tercer caso? Conozco una
historia real. Cuando la psicóloga de la guardería se enteró de
que Maribel estaba dando el pecho a su hijo de dieciséis meses,
la citó para explicarle que si no lo destetaba inmediatamente su
hijo sería homosexual (uno no sabe si asombrarse más de los
prejuicios contra la lactancia o de los prejuicios contra la
homosexualidad). Como Maribel persistió en su «peligrosa»
actitud, la psicóloga llamó a su casa para hablar directamente
con su marido y advertirle del daño que su esposa estaba
haciendo al hijo de ambos. Nuestra sociedad, tan comprensiva en
otros aspectos, lo es muy poco con los niños y con las madres.
Estos modernos tabúes podrían clasificarse en tres grandes
grupos:
— Relacionados con el llanto: está prohibido hacer caso de los niños que lloran, tomarlos en brazos, darles lo que piden.
— Relacionados con el sueño: está prohibido dormir a los niños en brazos o dándoles pecho, cantarles o mecerles para que duerman, dormir con ellos.
— Relacionados con la lactancia materna: está prohibido dar el pecho en cualquier momento o en cualquier lugar; o a un niño «demasiado» grande.
— Relacionados con el llanto: está prohibido hacer caso de los niños que lloran, tomarlos en brazos, darles lo que piden.
— Relacionados con el sueño: está prohibido dormir a los niños en brazos o dándoles pecho, cantarles o mecerles para que duerman, dormir con ellos.
— Relacionados con la lactancia materna: está prohibido dar el pecho en cualquier momento o en cualquier lugar; o a un niño «demasiado» grande.
Casi
todos ellos tienen una cosa en común: prohíben el contacto
físico entre madre e hijo. Por el contrario, gozan de gran
predicamento todas aquellas actividades que tiendan a disminuir
dicho contacto físico y a aumentar la distancia entre madre e
hijo:
— Dejarlo solo en su propia habitación.
— Llevarlo en un cochecito o en uno de esos incomodísimos capazos de plástico.—Llevarlo a la guardería lo antes posible, o dejarlo con la abuela o mejor con la canguro (¡las abuelas los «malcrían»!).
—Enviarlo de colonias y campamentos lo antes posible durante el mayor tiempo posible.
— Dejarlo solo en su propia habitación.
— Llevarlo en un cochecito o en uno de esos incomodísimos capazos de plástico.—Llevarlo a la guardería lo antes posible, o dejarlo con la abuela o mejor con la canguro (¡las abuelas los «malcrían»!).
—Enviarlo de colonias y campamentos lo antes posible durante el mayor tiempo posible.
—Tener
«espacios de intimidad» para los padres, salir sin niños, hacer
«vida de pareja».
Aunque
algunos intentan justificar estas recomendaciones diciendo que
es «para que la madre descanse», lo cierto es que nunca te
prohíben nada cansado. Nadie te dice: «No friegues tanto, que se
malacostumbra a tener la casa limpia», o «Irá a la mili y
tendrás que ir tú detrás para lavarle la ropa». En realidad, lo
prohibido suele ser la parte más agradable de la maternidad:
dormirle en tus brazos, cantarle, disfrutar con él. Tal vez por
eso, criar a los hijos se hace tan cuesta arriba para algunas
madres. Hay menos trabajo que antes (agua corriente, lavadora
automática, pañales desechables… ), pero también hay menos
compensaciones. En una situación normal, cuando la madre
disfruta de la libertad de cuidar a su hijo como cree
conveniente, el bebé llora poco, y cuando lo hace su madre
siente pena y compasión («Pobrecito, ¿qué le pasará?»). Pero
cuando te han prohibido cogerlo en brazos, dormir con él, darle
el pecho o consolarlo, el niño llora más, y la madre vive ese
llanto con impotencia, y a la larga con rabia y hostilidad («¡Y
ahora qué tripa se le ha roto!»).Todos estos tabúes y prejuicios
hacen llorar a los niños, pero tampoco hacen felices a los
padres. ¿A quién satisfacen, entonces? ¿Tal vez a algunos
pediatras, psicólogos, educadores y vecinos que los propugnan?
Ellos no tienen derecho a darle órdenes, a decirle cómo ha de
vivir su vida y tratar a su hijo. Demasiadas familias han
sacrificado su propia felicidad y la de sus hijos en el altar de
unos prejuicios sin fundamento.